El año 2016 ha iniciado convencido en llevarse a grandes artistas, a personajes con estrella que les llegó su momento sin derecho a cuestionar. Si la muerte de David Bowie paralizó por completo la industria de la música en enero, la de Umberto Eco, sin rayos ni rostros pintados, conmocionó al mundo de la cultura un mes después. El escritor, filósofo y semiólogo italiano, se empeñó en trasladar las discusiones de intelectuales a la vida cotidiana.

Pocos fenómenos sociales son tan cotidianos como el fútbol y quizá es allí donde surge la atípica relación de Eco con este deporte. El peligroso vínculo ha dejado numerosas reflexiones del autor de ‘El nombre de la rosa’ sobre la pasión, los fanatismos y todo lo que genera el negocio del balón. Todos estos pensamientos los condensó el semiólogo Peter Pericles Trifonas en su libro ‘Umberto Eco y el fútbol’

Polémico por definición y escéptico por excelencia, entre otras cosas del fútbol, también se veía atrapado por el encanto de lo que ocurre en las canchas.

Si se presenta la ocasión, veo un buen partido con interés y placer en la televisión porque aprecio los méritos de este noble deporte. Yo no odio el fútbol. Yo odio a sus fanáticos. No me gusta el hincha porque tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no lo eres e insiste en hablar contigo como si lo fueras.

 

Fue lo que escribió en 1990 para un artículo en El País, en una diferenciación similar a la de Eduardo Galeano sobre el hincha y el fanático, pero el italiano solía ir más allá:

Sucede lo mismo que con la úlcera, que ataca tanto al rico como al pobre. Lo curioso es que criaturas tan convencidas de que todos los hombres son iguales están siempre dispuestas a partirle la cabeza al hincha de la provincia limítrofe. Este chovinismo ecuménico me admira.

 

Más allá de los méritos del deporte a los que se refería, gracias al fútbol Umberto Eco planteó dudas sobre un tema delicado. Lo contó en ‘El Mundial y sus pompas‘:

Cierto día, mientras observaba con indiferencia los insensatos movimientos que tenían lugar allá abajo en el campo, sentí como si el alto sol meridiano envolviese hombres y cosas con una luz congelante, y como si delante de mis ojos se desenvolviera una representación cósmica sin sentido. Era lo que más tarde, leyendo a Ottiero Ottieri, descubriría como el sentimiento de la «irrealidad cotidiana», pero entonces tenía trece años y lo traduje a mi modo: por primera vez dudé de la existencia de Dios y pensé que el mundo era una ficción sin objeto alguno.

 

Cuestiones religiosas aparte, el intelectual italiano diferenciaba entre deporte y espectáculo deportivo. Es en la última donde entra el fútbol. También señalaba la discusión deportiva como un perfecto sustituto de la discusión política:

En vez de juzgar la actuación del ministro de Economía (para lo que es preciso saber algo de economía y alguna otra cosa), se discute acerca del proceder del entrenador; en lugar de criticar la actuación del parlamentario, se critica la del atleta; en vez de preguntarse (pregunta oscura y difícil) si el ministro tal ha suscrito oscuros pactos con tal otro poder, la gente se pregunta si el partido final decisivo será resultado del azar, de la prestancia atlética o de alquimias diplomáticas. 

 

Sin embargo, lejos de críticas y etiquetas sobrepuestas, siempre mostró gran debilidad por la pasión futbolística latente en la sociedad:

Esas multitudes de hinchas apasionados segados por el infarto en las graderías, esos árbitros que pagan un domingo de celebridad exponiendo su persona a graves injurias, esos excursionistas que descienden ensangrentados del autocar, heridos por los vidrios rotos a pedradas, esos festivos mozuelos que, borrachos, recorren por la tarde las calles, esos atletas destruidos psíquicamente por lacerantes abstinencias sexuales, esas familias arruinadas económicamente por ceder a insanas reventas en el mercado negro, esos entusiastas cegados por el estallido de un petardo celebratorio me llenan de alegría el corazón.

 

Umberto Eco dudaba, porque es a lo que se dedicaba y lo que mejor hacía. Para después regalarnos sus reflexiones como si estuvieran al alcance de todos. 

 

 

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