Raymond Kopa
Raymond Kopa. AFP

Por su baja estatura (1,68 metros) y su autoridad en el campo le apodaron ‘el Napoleón del fútbol’. Conquistaba territorios y dejaba huella a su paso. Llegada desde Polonia, la familia Kopaszewski se instaló en la pequeña localidad francesa de Noeux-les-Mines, donde vino al mundo en 1931, en medio de explotaciones mineras y un cielo plagado de conos de metal y grúas, Raymond Kopa. El destino deparaba para el joven un futuro previsible; desde los 14 años se vio obligado a empujar vagones de carbón por estrechas galerías, mientras la Segunda Guerra Mundial se libraba no muy lejos de allí.

De ‘galibot‘ -‘minero de carbón’ en dialecto picardo- hubiese seguido de no haber sido por un accidente laboral que le condenó a la amputación del dedo índice de la mano izquierda, que provocó que a los 18 años se alejase de la mina y se acercase al balón, un amigo que le acompañaba tras las fatigosas jornadas de trabajo. Fue en mayo de 1949 cuando despuntó en el Concurso del Joven Futbolista, donde quedó segundo y tuvo la oportunidad de conseguir un contrato profesional con el Angers.

Pronto el equipo se le quedó pequeño, después de dos años mostrando un talento que no pasó desapercibido durante un encuentro amistoso para Albert Batteux, entrenador del Stade de Reims. Comenzaba la etapa dorada para el cuadro liderado por Kopa, coronada con dos Ligas galas (1953 y 1955), una Supercopa y una Copa Latina ganada al AC Milan en 1953.

EL ‘FOOTBALL CHAMPAGNE’

Era el llamado ‘football champagne’, calificado así en honor a la región del equipo -Champaña-Ardenas- y al carácter preciosista de su juego. Combinaciones cortas, regates, la utilización de paredes y el saque de esquina ‘à la rémoise’ -‘a la manera de Reims’, saque en corto, descartando el esférico colgado al área como primera opción- caracterizaron a uno de los mejores conjuntos que ha conocido el fútbol galo.

Batteux pronto entendió que debía proteger el excelso regate corto de Kopa y optó por darle cobijo detrás de los delanteros, una posición de ’10’ inédita en aquella época. “Me encantaba driblar. A veces me lo han reprochado diciendo que me guardaba demasiado el balón y que ralentizaba el juego. Pero mis entrenadores siempre me han pedido que no cambiara nada de mi estilo”, señaló en una ocasión Kopa en una entrevista a la web de la FIFA.

Y surtió efecto. El pequeño Napoleón driblaba y dejaba sentadas a las defensas rivales para servir siempre un generoso pase a sus compañeros, un “este champagne corre de mi cuenta” al que nunca le faltaba elegancia, como estilado en el mejor local de París. “Yo nunca regateaba por placer, sino en interés del equipo. He sido el mayor individualista colectivo del fútbol francés”, afirmaba. 

Precisamente la capital gala fue el primer gran escaparate para Kopa. En el Parque de los Príncipes tenía lugar en 1956 la primera final de la Copa de Europa, a la que los franceses llegaban invictos. Un año más tarde de caer en el partido definitivo de la Copa Latina -primer precedente del torneo continental- volvían a verse las caras con el Real Madrid de Di Stéfano, Gento y Rial.

Y ese fue su gran delito. El cuadro blanco remontó un 2-0 adverso para llevarse en el último momento, con un gol del argentino Héctor Rial, el primer trofeo de la competición (3-4). No sería lo único que se trajesen los madridistas de Francia; Santiago Bernabéu quedó embelesado con la actuación de aquel bajito mediapunta. Semanas después, Kopa, que había renunciado a una oferta del Milan, viajaba a Madrid y se convertía en el primer francés que emigraba para jugar al fútbol. Como Napoleón, se lanzaba a la conquista de nuevas tierras. A cambio, el Stade de Reims se hacía con los servicios de otro hombre que haría historia, Just Fontaine, y reforzaba su plantilla con Jean Vincent y Roger Piantoni gracias a las 38.000 libras pagadas por el Madrid por el traspaso. 

KOPA, RIAL, DI STÉFANO, PUSKAS Y GENTO

Cumpliendo la máxima de ‘si no puedes con tu enemigo, únete a él’, Kopa recaló en la capital de España sin ser plenamente consciente de que comenzaba a fraguarse el mejor equipo del siglo XX. El ‘fransuá’, como le dieron en llamar sus compañeros de vestuario, tuvo que adaptarse a la posición de extremo derecho, ya que el puesto de delantero centro era coto privado de ‘la Saeta’. Sin embargo, no pareció afectarle. “El Real Madrid era una alegría. Crear juego, sin ideas herméticas, con imaginación… Jugar con Di Stéfano era como llevar paracaídas cuando viajas en avión”, indicó en una ocasión.

Pelotazo a Gento o Di Stéfano o pase a Kopa. Dos alternativas con éxito en aquel Madrid. El francés la pisaba, la volvía a pisar, siempre el cuero pegado a la bota, y en el momento menos esperado regateaba y se iba de sus marcadores, tocado también por la varita mágica de la rapidez en corto. Y una visión de juego prodigiosa. El Bernabéu y las 125.000 almas que lo abarrotaban solo vieron perder en casa una vez a su equipo mientras el galo estuvo en él. Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas -que llegó en el último año de Kopa en el Madrid- y Gento. Garantía.

En sus tres años en el club merengue, Kopa alzó dos Ligas (1957 y 1958) y tres Copas de Europa. En la final de 1957 se impusieron en el Santiago Bernabéu a la Fiorentina (2-0), y el año siguiente repetirían la hazaña ante el Milan en Bruselas (3-2). La historia quiso que su último título continental lo consiguiera en 1959 ante el Stade de Reims, al que impidieron luchar por la gloria europea en su segunda final (2-0).

Su paso por la entidad de Chamartín estuvo acompañada por sus éxitos con la selección francesa, aunque no recompensados con títulos. Tras debutar en 1952 y participar en el Mundial de Suiza 1954, la gloria le llegaría en 1958, en un campeonato donde brillaría junto a Just Fontaine, que fijó la cifra de 13 goles imbatida hasta el momento. El propio Santiago Bernabéu mandó un emisario a Suecia con la orden de que fichase al mejor jugador del torneo. “Presidente, no podemos fichar al mejor porque el mejor ya juega con nosotros”. Kopa, acusado por muchos de jugar “como un sudamericano”, asombró a todos y se adjudicó el título de mejor futbolista del torneo por delante de hombres como Pelé o Garrincha. 

En aquel campeonato, los ‘Bleus’ apearon a Paraguay, Yugoslavia, Escocia e Irlanda del Norte y solo cedieron en semifinales ante Brasil, en un partido en el que jugaron con diez tras la lesión del capitán Robert Jonquet -todavía no estaban permitidos los cambios- y ‘O Rei’ marcó un ‘hat-trick’. En el partido por el tercer y cuarto puesto arrollaron a Alemania Federal (6-3). Suficiente para que Kopa alzase ese año el Balón de Oro por delante del alemán Helmut Rahn y de Fontaine, después de ser tercero en las dos anteriores ediciones.

VUELTA A CASA 

Después de lograr la ‘Cuarta’, compensó su afrenta abandonando el club blanco tras 103 partidos y 30 goles y regresando al Stade de Reims. Quizás fue la grave lesión que hizo que jugará con dolor la final, la muerte de su hijo por culpa del cáncer o la inadaptación de su mujer a la vida española, lo cierto es que aludió “motivos de negocios” para regresar a Francia. Jugó ocho años más y logró dos nuevas Ligas, pero no evitó el descenso a la Segunda División.

A los 31 años abandonó el fútbol profesional, aunque siguió saciando su necesidad de balón a nivel amateur en el Notre Dame Des Champs y jugando hasta los años 70. Su despedida a nivel mundial se le rindió en Wembley, en un partido entre Inglaterra y una selección del resto del mundo, de la que formó parte, y que acabó con victoria local (2-1). En 1970, la República Francesa le concedió la Legión de honor, un galardón otorgado por primera vez a un futbolista, por sus 45 internacionalidades y sus 385 partidos como profesional, en los que anotó 103 tantos.

Su visión de juego, una vez retirado, la trasladó a los negocios, entre los que destaca la creación de la marca de ropa deportiva Kopa, una empresa que le permitió contratar a sus amigos del fútbol “menos afortunados” como representantes y vendedores. Sin embargo, su idea empresarial no vale para el juego. “Quizás haya demasiado dinero en el fútbol (…). Está tan profesionalizado que da asco”, explicó en una entrevista. “Hay muchos grandes jugadores, pero su talento se ve frustrado por el sistema, mientras que antes éramos más libres”, apuntó.

En este sentido, Kopa fue una figura destacada en la defensa del futbolista, como demostró en 1963 con la publicación de un polémico artículo en ‘France Dimanche’ bajo el título ‘Los jugadores son esclavos’. “Hoy, en pleno siglo XX, el futbolista profesional es el único ser humano que puede ser vendido y comprado sin contar su opinión”, escribió. Además, se significó también en mayo del 68.

Desde el año 2000 pasó sus días en Córcega, la tierra que vio nacer al genuino Napoleón Bonaparte. Raymond, sin un Marengo con el que recordar batallas gloriosas, centra sus horas en cuidar un pequeño jardín mediterráneo, lleno de rosas. De hecho, una variedad de esta flor, roja en la base y amarilla en la mayor parte de la superficie, recibe en su honor el nombre de Raymond Kopa. Cuentan que trataba a sus flores como otrora trató al balón, con una suavidad impropia de un minero.

El 3 de marzo de 2017, Kopa fallece en Angers a los 85 años como consecuencia de una recaída en una larga enfermedad.


Andrea G. Acuña (@AndreaGAcuna) es periodista.

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