Di Stefano Argentina 1947 Copa AmericaHace 70 años, cuando aparecía la primera cámara instantánea de fotos, Alfredo Di Stéfano era un veinteañero que jugaba en River Plate. Fue en Guayaquil, Ecuador, cuando empezó a escribir la historia de las gambetas. El 26 de noviembre de 1947, el cuadro argentino llegó a la costa ecuatoriana por la vigésima edición del Campeonato Sudamericano de Fútbol (Copa América), con dos “pibes” a bordo, Alfredo Di Stéfano y Néstor Raúl Rossi, suplentes de René Pontoni y Ángel Perucca. Los gauchos querían la novena Copa; Pacha Yácono, el Comisario Colman, el Leoncito Pescia, el Portón de América y otros apodos, dan cuenta de una escuadra que tenía todo para devorar un campo difícil.

En 1947, cuando la televisión era blanco y negro y el fútbol no se trasmitía con cámaras superdotadas ni publicidades que atravesaban la cancha; los uniformes cortos revelaban que la mayoría de futbolistas estaba muy lejos de la contextura de Adonis. Además, los peinados anticuados y el bigote poco perfilado eran una tendencia. En ese entonces, no había telas “inteligentes” para camisetas ni nombres de auspiciantes para leer a metros de distancia. En 1947, ya se escuchaban narradores apasionados y, aunque los hinchas no tenían cuentas de Twitter para sentirse jueces del deporte, ya existía la costumbre de buscar la alegría de domingo en los estadios.

Una de esas alegrías sucedió en el Estadio George W. Capwell, dos años después de su inauguración. El Capwell, también conocido como La Caldera, guarda el misticismo de los grandes templos de fútbol del continente. Le pertenece al Club Sport Emelec, el equipo azul eléctrico de la liga ecuatoriana. El estadio, ubicado en un barrio popular al sur de Guayaquil, está rodeado de casitas azules, pintadas así en honor al equipo de sus amores. Dicen que el Capwell es literalmente una caldera. En Guayaquil, la humedad hace que la sensación térmica llegue a 40 grados centígrados. Los graderíos están tan cerca de la cancha, que el calor de la hinchada eléctrica se concentra en el terreno de juego y, aunque suene exagerado, parece arder. Junto a la entrada principal del estadio, hay una baldosa pequeña y maltrecha, en la que se lee: “Prohibido entrar de amarillo”. Por si algún hincha del eterno rival, Barcelona Sporting Club, el club más popular de Ecuador, intenta aventurarse por allí.

Di Stéfano debutó internacionalmente, en este estadio, el 4 de diciembre de 1947, frente a Bolivia, con la presencia de 23.000 espectadores. El Comercio, el diario más importante del país anfitrión, dedicó páginas enteras al torneo. El 5 de diciembre tituló “Argentina derrotó a Bolivia: 7-0” y publicó una fotografía del “magnífico” Di Stéfano. Casi se reconoce su rostro en las páginas viejas y amarillentas del periódico. Aún no era la Saeta Rubia; solo tenía la pose de un dandi, elegante y refinado, pero ya destilaba velocidad en el césped. La lesión de Pontoni permitió que el joven Alfredo salga al terreno de juego y sienta lo que es jugar en la Caldera: “A los 27 minutos, Di Stéfano filtrándose en el centro fusila al arquero Arraya, con el sexto gol del cuadro argentino” (El Comercio, 5 de diciembre, 1947).

La albiceleste se estrenó en la Copa América, el campeonato más antiguo del fútbol, goleando a Paraguay 6-0: “Argentinos demostraron su alta técnica. Choques y protestas restaron tiempo y emoción al partido entre Argentina y Paraguay” (El Comercio, 3 de diciembre, 1947). Por lo que el encuentro con Bolivia supuso un subidón para el favorito. El 11 de diciembre, frente a Perú, Di Stéfano fue titular y volvió a marcar. Pero días después Chile los frenaría: “Argentina empató a 1 con Chile. El rendimiento chileno superó en momentos la eficacia y poderío del futbol argentino. La muralla defensiva de Chile bloqueó el intermitente ataque de la delantera argentina” (El Comercio, 17 de diciembre, 1947). Alfredo apareció en el gol a los 10 minutos, venciendo a Livingstone. Ecuador y Perú también aparecieron en el camino. “Ecuador tuvo una magnífica actuación frente a Argentina. El juego lleno de emoción e interés terminó con el puntaje de 2-0”, (El Comercio, 26 de diciembre, 1947). Malevaje le cantaría “No soñabas con laureles esportivos, solamente con jugar a la pelota”; y los que vieron el Sudamericano del 47 saben que lo fue “más grande”, aunque lo más grande para Di Stéfano sucedería muy lejos de su natal Barracas.

El 28 de diciembre de 1947, Argentina salió campeona de América, después de vencer a los charrúas. “Argentina en un juego de excepcional interés se impuso al Uruguay 3-1” (El Comercio, 29 de diciembre, 1947). El Capwell no se terminó ahí; él regresó dos años más tarde, con la camiseta de Millonarios de Bogotá. Y esa tampoco fue la última vez. En 1991, los “pibes”, Di Stéfano y Rossi, convertidos en La Saeta Rubia y El Patrón de América, fueron invitados a la reinauguración de la casa azul eléctrica. Aunque ellos ya no están, este campo sigue hirviendo.

El Capwell no se terminó ahí; él regresó dos años más tarde, con la camiseta de Millonarios de Bogotá. Y esa tampoco fue la última vez. En 1991, los “pibes”, Di Stéfano y Rossi, convertidos en La Saeta Rubia y El Patrón de América, fueron invitados a la reinauguración de la casa azul eléctrica. Aunque ellos ya no están, este campo sigue hirviendo.

La historia de Di Stéfano con la albiceleste es corta, pero suficiente. La Caldera fue la única oportunidad que tuvo con su bandera y salvó la deuda “manejando diestra y zurda con soltura”. Aunque más tarde, en 1956, obtendría la nacionalidad española, y escribiría el capítulo que es por todos conocido. Esto es lo que importa.

Primero Di Stéfano, el que decía “Gané Copa con Argentina”.

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