Foto: José Sena (EFE)
Foto: José Sena (EFE)

La idea de la derrota, de su posibilidad, de su superación, es educativa, formadora, realista. Nos sitúa en la vida. Los lunes regresan todas las semanas y el despertador nunca deja de sonar. Perdemos muchas veces a lo largo del día y, sin embargo, ganamos. La verdadera derrota llegará cuando no haya más lunes, cuando el despertador se calle para siempre. La derrota no es perder un partido, es no jugarlo. No es que el amor te destroce, es no conocerlo.

Siempre me resultó más interesante un tipo oscuro y desgreñado que bebe sus desdichas con torpeza en cualquier bar a espaldas de la Gran Vía, que el exitoso acomplejado que hace un alarde continuo de sus últimas adquisiciones materiales (a veces, incluso, gritando ¡¡buuuuuh!!) con las que pretende resolver una existencia mal encauzada. Me dan pereza los esclavos del éxito, precisamente porque no saben disfrutar de él, sino que siempre están pensando en el siguiente. “Es que aquí somos ganadores”, suelen decir, sin pararse a pensar que el vencer todas las veces te priva, en definitiva, de la alegría de hacerlo. No hay mayor derrota que esa.

La historia del fútbol está cruzada de bellas narraciones de derrotados, equipos que no ganaron los trofeos pero conquistaron para siempre la memoria de la gente. Como Bogart en Casablanca, perdieron a la chica pero aún los recordamos con su gabardina, diluyéndose entre la niebla. Imagino al Sócrates del 82 (jamás un equipo tan bello como aquel Brasil de España dejó un aroma tan delicado tras el estruendo de la caída) proponiéndole al Gárate del 74 que comiencen una bella amistad.

¿Hay algo que amalgame más a una afición que el dolor compartido de perder una final en el último minuto? ¿Algo que describa mejor la vida que las últimas volutas de humo que suben del fuego apagado de un título perdido arrancado cuando ya lo besabas? Ningún triunfo es comparable al de un equipo que se repone a eso, se levanta y sigue peleando.

Decía Borges que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. Es en la derrota donde se ve la verdadera esencia del que ha caído. La derrota es más cierta, más humana, y es en esos momentos donde la grandeza de una afición se muestra. Evidentemente, hay muchas formas de sentirse desdichado. Se puede caer con el estrépito de una pelea familiar en el cumpleaños de la abuela (como el Milan que se dejó remontar un 3-0 por el Liverpool. Diez años hace ya, qué viejos somos). Puede uno deslizarse suavemente hacia la derrota, viendo cómo se apagan sus opciones como las últimas luces del verano (el Athletic contra el Atlético en una bendita noche rumana). Cabe también la posibilidad de jugarse la existencia poniendo una bala en el tambor del punto de penalti y que tus sesos queden esparcidos por el área cuando Roberto Baggio, Terry o Sergio Ramos disparen contra su sien y, en vez de un ´clic´, estruendoso balazo. No hay que desdeñar la posibilidad de irte metiendo en el mar, una fría noche de noviembre, vestido de smoking y chistera, poco a poco, despidiéndote de una final en la que nunca creíste a pesar de haberte puesto tus mejores galas y llevar ahorrando todo el año para alquilar un bonito coche (al Valencia en París le pasó algo parecido contra el Madrid). Puedes, en fin, regalar una cicatriz en el alma a varias generaciones de atléticos, solo por el gusto de hacerles vivir con la ilusión de que algún día sanará.

Terry falla un penalti decisivo en la final de 2008. Foto: http://thechels.net/
Terry falla un penalti decisivo en la final de 2008.

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Del Atleti. Profesor. Doctor en CC. Sociales. Autor de Recuerdos del Doblete, biografías de Koke y Arda, Leyendas de la Premier y Trato y Maltrato de la Hª de España.

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