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Corría 1987 cuando el film ‘Dirty Dancing’ se estrenó en Hollywood. Un clásico protagonizado por Patrick Swayze y Jennifer Grey que ha trascendido ya a un par de generaciones. Por aquel entonces, un chico llamado Pavel Nedved daba sus primeros pasos en el mundo del fútbol en la antigua Checoslovaquia. Su parecido físico con el actor protagonista de ‘Ghost’ y ‘Le llaman Bodhi’ era más que evidente. Sin embargo, lo que se tardaría más tiempo en descubrir sería la similitud oculta que existía entre Swayze y Nedvěd. Uno en la pista y otro con un balón. Ambos eran los reyes del baile.

Nacido en la región checoslovaca de Bohemia, actualmente parte de la República Checa, en 1972, los primeros pasos de Pavel Nedvěd en el fútbol fueron dados en su país natal. Su debut en la máxima competición checoslovaca tuvo lugar en el ya extinto Dukla Praga, equipo que abandonó apenas dos años antes de su desaparición. Nedvěd llegó en 1992 al gran Sparta de Praga, uno de los equipos con mayor tradición e historia de su país, y lo hizo como una joven promesa cuya meteórica ascensión acabaría por convertirlo en estrella en un ágil suspiro.

Con el Sparta, Nedvěd vivió la separación de Checoslovaquia, y llegó a imponerse tanto en la liga checoslovaca como en su sucesora checa (en esta última en dos ocasiones). Además, durante las cuatro temporadas que vivió vistiendo el rojo del equipo de Praga, realizó su debut con la selección checa, la cual lideraría años más tarde. Durante su último año con el Sparta de Praga, Nedvěd explotó definitivamente, anotando catorce goles en treinta partidos de liga, además de sumar cinco en competiciones europeas.

Estos números sirvieron a un menudo jugador rubio de 25 años para que media Europa pusiese sus ojos en él. Pese a las numerosas ofertas que le llovieron, y siendo consciente de que la elección que tomase determinaría en gran medida el devenir de su carrera profesional, Nedvěd decidió hacer las maletas hacia la capital italiana e incorporarse a las filas de la S.S. Lazio, uno de los más grandes clubes de la Serie A transalpina.

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Pavel Nedvěd en en su etapa con la Lazio

Exactamente en el verano previo a incorporarse a las filas del combinado italiano, Nedvěd viviría su más prolífera experiencia con su selección. Corría el año 1996, y la Eurocopa celebrada en Inglaterra serviría como carta de presentación para un joven equipo checo en el que brillaban Poborský, Kuka y, cómo no, Pavel Nedvěd. Tras un torneo impecable, sólo la fiera Alemania de Klinsmann y Bierhoff lograría imponerse a los checos en la final.

Revitalizado por la experiencia internacional, Nedvěd aterrizaba en Italia con ganas de devorar defensas y terminar con la tiranía que el A.C. Milan tenía impuesta en el país mediterráneo por aquel entonces. Durante las cinco temporadas en las que vistió la camiseta de las águilas blanquiazules, Nedvěd triunfó tanto en el plano colectivo como en el individual. Dos Copas de Italia, un título de la Serie A (logrado en la temporada 1999-2000), dos Supercopas italianas, una Recopa y una Supercopa de Europa fueron el balance de títulos del futbolista checo en una Lazio que, desde aquel lustro, no ha vuelto a reencontrarse como club. Además, Nedvěd lograría anotar un total de 51 goles en los más de 200 partidos oficiales que disputaría vestido de azul celeste.

42 millones de euros fue la cantidad que la Juventus desembolsó en el verano de 2001 para hacerse con los servicios de un ya maduro Pavel Nedvěd, que se encontraba, a sus 29 años, en la cima de su carrera deportiva. Era el líder de su equipo y de su selección y su fútbol gozaba de una magia y un temple que lo convertían en un arma endiablada para cualquier defensor. Todas las zagas italianas temían a Nedvěd por su descaro, su portentosa calidad técnica y su desenfadado estilo para humillar a cualquier adversario.

Durante los ocho años que duró su estancia en La Vecchia Signora, este bailarín del fútbol enamoró a una de las aficiones más exigentes del fútbol mundial y formó parte de un equipo imbatible durante sus dos primeras temporadas en el equipo blanquinegro, formando un ataque de ensueño junto a jugadores como Alessandro Del Piero o David Trezeguet.

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Fotografía de Le Figaro

La recompensa a su extraordinario rendimiento en Turín llegó en 2003 en forma de Balón de Oro. Pavel Nedvěd era el mejor futbolista del mundo. Un pequeño jugador de banda que, sin ser extremo puro ni tampoco mediapunta, cubría una parcela del terreno de juego inmensa y se asociaba sin cesar con todos sus compañeros, creando magia e imaginando fútbol en cada rincón. Nedvěd era de oro. Su cuenta pendiente siempre fue alzarse campeón de la Champions League, algo que tuvo al alcance de su mano en 2003 pero que se le escurrió entre los dedos con un cierto regusto a impotencia, al no poder disputar la final del torneo tras brillar en semifinales ante el Real Madrid.

Pese a ello, no todas las vivencias de Nedvěd en Turín fueron alegres. No todos los momentos fueron de euforia y éxito. En 2006, un escándalo de manipulación de encuentros enviaba a la Juventus a la Serie B tras proclamarse campeona de liga el año previo (título que les sería revocado posteriormente). Aquel tropiezo arraigó enormemente a futbolistas como Del Piero, Buffon, Camoranesi o el propio Nedved al conjunto blanquinegro, puesto que ellos fueron algunos de los pocos jugadores que se dignaron a permanecer en el club pese a su descenso.

Por aquel entonces, Nedvěd rondaba ya el ecuador de su treintena y su retirada se encontraba próxima. Desde 2007 hasta 2009 (cuando finalmente abandonaría el fútbol), ofertas millonarias llamaron a su puerta para ofrecerle un último gran contrato con el que cerrar su carrera de igual forma que muchos otros astros del balón. Sin embargo, el mago checo siempre se mantuvo firme en su intención de completar el círculo batallando para La Vecchia Signora. Y así fue.

Su adiós tuvo lugar en el Estadio Olímpico de Turín, testigo de su auge, en la primavera de 2009, ante su otro amor inenarrable, la Lazio. Entre aplausos y vitoreos, Nedvěd abandonó el césped para no volver, dejando tras de sí una estela mágica provocada por su continuo e imperecedero baile. Un baile digno del mismísimo Patrick Swayze. Un baile dorado.


Adrián Viéitez (@AdrianVieitez) es periodista deportivo y cultural de origen gallego, autor del blog bluemonkeys424.blogspo.com.es y redactor en las ediciones digitales de VAVEL y Compostimes

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