paulo futrePaulo Futre no era un futbolista normal. En ninguno de los sentidos. Era eléctrico, imprevisible, rápido, un poco piscinero. Salía a morir en cada partido. Paulo Futre era puro nervio. Un 10 que jugaba de extremo, un líder. Pero Paulo Futre era polémico. Él mismo reconoció que en su época de jugador era fumador empedernido: “Doce fumaba los martes, diez los miércoles, ocho los jueves, seis los viernes, cuatro los sábados y uno los domingos después de comer”. Nadie sabe si el de Montijo habría tenido techo de no ser por una lesión de rodilla que le perjudicó durante su carrera. Lo que sí que es seguro es que hay una afición que le admira y le recuerda. El Portugués, así le llamaba Jesús Gil cuando se enfadaba, era, y es, un ídolo, parte de la historia del Atlético de Madrid.

Su carrera comenzó, como la de muchísimas estrellas portuguesas, en la cantera del Sporting de Portugal — o Sporting de Lisboa, como prefieran –. Pero no llegó a triunfar en el club lisboeta, ya que a la temprana edad de dieciocho años fue traspasado al Oporto.

Allí vivió, sin duda, sus tres mejores años como futbolista. Ganó dos copas de Portugal, dos premios al mejor futbolista portugués del año, y la joya de la corona: La Copa de Europa en su última temporada con Os Dragões, jugando una espléndida competición, y ganándose así el reconocimiento mundial.

Y entonces llegó Jesús Gil, por entonces aspirante a la presidencia del Atlético de Madrid, con una oferta irrechazable para conseguir que el jugador de moda fuese el icono de su candidatura. Futre no se lo pensó y cambió las franjas azules por las rojas, dando la presidencia al también polémico Gil.

Futre comenta que antes de fichar por el Atleti, ese año (1987) había estado obligado a hacer el servicio militar con su país, y que estuvo a punto de perder todo por ello. “En el año 87 veía negra mi vida y me sentía desanimado (…) En mayo debía cumplir el servicio militar lo que suponía dejar el fútbol. Algo horrible para un chaval. Pero justo, cuando peor lo veía, me convertí en el primer deportista de élite portugués en conseguir una prórroga (…) Al poco tiempo, ganaba la Copa de Europa y pienso que fue un premio a todo lo que sufrí ese año”.

Ya en el Atlético comenzó la alocada vida de Paulo. Ganador del balón de plata durante su primera temporada — quedó a pocos votos de Gullit –, Futre se asentó desde el principio tanto en el campo como fuera. Se los ganó a todos. “A la semana de llegar a España ya odiaba al Real Madrid”, dice. Al club rival por excelencia, le birló Futre la que es la antepenúltima Copa del Rey del equipo colchonero. Pero no fue un partido cualquiera. Fue en el Santiago Bernabéu, el Atlético ganó 2-0 y marcó Futre un gol que cada atlético tiene grabado a fuego en su mente.

Podría decirse que los años dorados de Paulo Futre acabaron cuando dejó la ribera del Manzanares. Una lesión que arrastró durante el resto de su carrera impidió a equipos como el Benfica, el Milan, el West Ham o el Olympique de Marsella entre otros, disfrutar del jugador que había maravillado a medio mundo años antes.

Cambiando de aires constantemente, regresó al Atlético en el año 1997, aunque su maldita rodilla no le dejó jugar más de diez partidos. 

Paulo puso punto y final a su carrera con 31 años en una aventura de una temporada en Japón, en el Yokohama Flügels.

Con la selección jugó 41 partidos, anotó seis goles y participó, sin pena ni gloria, en el mundial de México ’86.

Futre no cambiaría nada de su pasado, ha perdonado a la rodilla que le impidió seguir creciendo y únicamente le queda una espinita clavada. “Cuando Jesús Gil murió en 2004 aún no habíamos hecho las paces y, sí, aún me queda esa herida”.

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