nottingham forest brian clough
Fotografía: John Sumpter

Corría el año 1978 en las islas británicas. El prometedor Ian McEwan publicaba Jardín de Cemento y el legendario Graham Greene publicaba hacía lo propio con ‘El Factor Humano’. El laborista James Callaghan ejercía como primer ministro con la sombra de la opositora Margaret Thatcher, que aquel año denunció que muchos británicos “tienen miedo de ser inundados por gente con una cultura diferente”. En el campo futbolístico el Liverpool era el rey del fútbol europeo pero había perdido la corona del fútbol inglés a manos del Nottingham Forest. Un modesto recién ascendido que de la mano de Brian Clough había logrado hacerse con el título liguero. Sería solo el primer zarpazo de los ambiciosos Tricky Trees, que acabarían de inmediato con el cetro europeo de los Reds.

En nuestro tiempo parece impensable que logró el Forest, acabar con el reinado de los grandes del fútbol inglés y europeo para instalarse en tiempo récord en el pódium del fútbol mundial. El gran factótum de este equipo fue el técnico Brian Clough, que se autodenominaba “el cabezón”. Un hombre con una personalidad volcánica, siempre centro de la noticia, malencarado con sus colegas y lenguaraz en las entrevistas. Pero también un genio como técnico. Para entender su figura hay que incluir a su sempiterno segundo, Peter Taylor, con el que siempre mantuvo una tensa relación de hermanos peleados. Ambos triunfaron en el Hartlepool y especialmente en el Derby a principios de los setenta. Tras devolver al equipo a la máxima categoría en 1969 fue capaz de llevarlo a ganar su primer título liguero. Posteriormente tomó el Leeds United, único equipo en el que fracasó, tal y como se narra de forma formidable en The Damned United.

A principios de 1975, el presidente del Forest, Brian Appleby le convenció para que se hiciera cargo de un equipo que sobrevivía en la Segunda División. Allí encontró un equipo pasado de peso y con un talento oculto que él y Taylor, que se unió al proyecto en 1977, fueron capaces de sacar a flote. Se apoyaron en hombres fuertes en el vestuario que conocían de sus experiencias anteriores, especialmente en John McGovern, un rotundo mediocentro escocés  que levantó dos Copas de Europa sin llegar a tener un entorchado internacional con su país. Lo mismo ocurrió con John O´Hare y Archie Gemmill, que también siguieron a su técnico por los equipos por los que pasó. A partir de este núcleo duro, el equipo empezó a crecer poco a poco, agregando talento a un equipo sobrado de personalidad. Clough convenció al genial extremo izquierdo John Robertson para que perdiera kilos. Tres años después era el hombre que lograba el gol de la final de la Copa de Europa del Bernabéu. El caso del “11” del equipo era paradigmático para el resto de sus compañeros.

Los elementos claves del vestuario estaban acompañado de futbolistas de gran nivel cuya calidad quizás hubiera quedado desapercibida sin la habilidad de sus visionarios técnicos. Así, el lateral derecho se convirtió en patrimonio de Viv Anderson, el primer jugador de raza negra que jugó en la selección inglesa. El canterano Tony Woodcock volvió de sendas  cesiones que no le presagiaban un buen futuro. Clough lo convirtió en un referente del fútbol inglés a principios de los ochenta y terminó su carrera con 42 partidos como internacional. Algo parecido se puede decir del cerebro del equipo,  Martin O´Neill, que terminó siendo uno de los mejores centrocampistas del fútbol británico. O del polivalente Ian Bowyer.

El crecimiento exponencial del equipo terminó haciendo posible fichajes que parecían imposibles poco tiempo atrás. Así llegaron Trevor Francis o Peter Shilton. El primero fue contratado por un millón de libras, un dispendio en un equipo que nunca había gastado cantidades importantes por contrataciones. Clough le mostró pronto el camino al genial extremo inglés. Para que no tuviera ínfulas de estrellas fue enviado a jugar al equipo reserva, en el que tuvo que hacer méritos para hacerse con un puesto entre los titulares. Cuando el técnico fue preguntado por su extraña decisión señaló: “Si un jugador no está de acuerdo conmigo, hablo con él durante veinte minutos, hasta que llegamos al acuerdo de que yo tenía razón”.

Kevin Keegan disputa un balón con McGovern. Daily Mail
Kevin Keegan disputa un balón con McGovern. Daily Mail

Así se formó el mítico Forest. Un equipo pétreo en fase defensiva, que destacaba especialmente por su juego de bandas y por transiciones ofensivas. Si vemos hoy en día un partido de aquel equipo, vemos un ritmo de juego y especialmente de presión de la salida del balón muy similar al fútbol actual. El equipo de Clough no era solo directo, sabía mezclar el juego con un passing-game caracterizado por los pases a ras de suelo y la velocidad para hacer llegar el balón a los costados. Con estos mimbres el equipo fue capaz de ganar una Liga y dos Copas de Europa consecutivas.

En la primera, el Forest heredó el trono europeo en manos del Liverpool tras ganar al Malmö por un gol a cero gracias a un gol de Trevor Francis a pase de Robertson.  Meses después de hacer de meritorio con los suplentes, la estrella en ciernes del fútbol inglés lograba marcar el gol que convertiría al modesto equipo de Nottingham en eterno. Aquello no fue flor de un día. Apenas un año después, los de Clough y Taylor lograron ganar la segunda Copa de Europa consecutiva. Esta vez tras ganar el Madrid al millonario Hamburgo de Keegan, Kaltz, Hrubesch y Magath. Un gol de Robertson, el hombre que perdió kilos para volver a la élite, obró lo que parecía un milagro.

Aquel equipo terminaría muriendo de éxito. Tras la Liga y las dos Copas de Europa comenzaron los problemas, especialmente los de ámbito personal entre los dos técnicos principales. De aquella forma murió el equipo pero nació el mito más bello de la historia del fútbol europeo.

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