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Alfredo di Stéfano con las primeras cinco Copas de Europa del Real Madrid. Fotografía: EPA

Corría el año 2010 cuando, en la presentación del estadio Santiago Bernabéu como sede de la final de la Champions League, Florentino Pérez dijo que esa competición, la vieja Copa de Europa, había nacido gracias a un visionario llamado Santiago Bernabéu y, desde entonces, la palabra Europa quedó inserta en la cadena del ADN madridista.

El siempre astuto presidente había elegido una buena imagen. Una comparación de moda, fácil de recordar y de repetir. Con gancho y pegada. Y con la virtud de meter a la ciencia en el mundo del fútbol, tan poco científico él.

ADN no es otra cosa que las siglas del Acido Desoxirribonucleico, una gran molécula que guarda y transmite de generación en generación toda la información necesaria para el desarrollo de las funciones biológicas de un organismo. Todas, desde el nacimiento. No era mala comparación si lo que se quería decir es que, a pesar de estar fundado en 1902, la historia del Real Madrid había empezado otra vez en 1956, con la victoria en la Primera Copa de Europa. Y tenía un fondo tan imposible como fascinante: un club que había nacido para ganar una competición que nacería cincuenta años después que él. Dos entes manejados por el destino que había lanzado a uno en avanzadilla como al gregario de un campeón ciclista en la etapa reina.

A primera vista parece una locura aunque, bien mirado, quizá no lo sea tanto. Es más bien la clave para descifrar el genoma de esta institución. La gran pregunta: ¿existió de veras el Real Madrid antes que la Copa de Europa?

EL REAL MADRID TAMBIÉN EXISTE

Desde luego, el Real Madrid Club de Fútbol existe desde 1902. Ninguna duda. Pero se busca explicación a otra cosa menos real y menos prosaica. La idea y el mito del Real Madrid. Para decirlo al pie de la letra, la narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Ésa que forma una identidad por todos conocida. El equipo invencible que está en el imaginario colectivo, común a seguidores y enemigos, que recuerdan o abominan de sus glorias, respaldadas por un amplio panteón de héroes y gestas.

Esa institución mítica, sin duda alguna, no es el club de pioneros con enhiestos mostachos que arrancara su historia en 1902, entre la estudiantina tuercebotas que curtía epidermis y machacaba espinillas en los descampados de Moncloa o Puerta de Hierro. No es ese equipo, por muy vetustos que sean sus entorchados. Tampoco es el club adelantado a su tiempo que fue capaz de ventear, antes que nadie, los derroteros del profesionalismo en los años veinte. Ni siquiera es el equipo que se convirtió en ganador con la Segunda República y, a la vez, en representante de la ciudad de Madrid. Por más simbólicos que fuesen aquellos tiempos de victoria en los que, ganador de las ligas entre 1931 y 1933 y, sobre todo, Campeón de España en 1934, recibió la Copa en el estadio de Montjuich del mismísimo presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Raymond Kopa, Alfredo Di Stéfano y Santiago Bernabéu, los tres en uniforme de faena, en paternal imagen de 1957 (foto Alfonso, archivo EFE).
Raymond Kopa, Alfredo Di Stéfano y Santiago Bernabéu, los tres en uniforme de faena, en paternal imagen de 1957 (foto Alfonso, archivo EFE).

Pronto se gastó esa gloria y no dejó crédito para la posteridad. El Real Madrid anterior a las copas de Europa era un buen equipo, pero anémico de victoria. Entre 1939 y 1953, cuando Falange dominaba el deporte y todo lo demás, el Madrid hubo de contentarse con ganar dos Copas del Generalísimo, mientras que el Atlético de Aviación y de Madrid conquistaba cuatro Ligas, el de Bilbao una Liga y cuatro Copas, y el Barcelona nada menos que cinco Ligas y cuatro Copas. Esos torneos de camisas azules no fueron para las camisetas blancas. El poderoso Real Madrid del actual imaginario colectivo no había nacido aún.

EUROPA, AÑO CERO

Ese club triunfador, asombro de Europa, que coleccionó todas las Copas continentales del primer quinquenio, empezó a forjarse más tarde, justo el día en que Santiago Bernabéu le dijo a un maduro delantero argentino que les había arruinado el festejo. Se refería al cincuenta cumpleaños que celebraba el club, en marzo de 1952, en un torneo triangular con el IFK Norrköping sueco y el Millonarios de Bogotá. Con los colombianos venía un argentino rubio, de cabellera ya en retirada, que atendía por Alfredo Di Stéfano. En aquel torneo deslumbró y se convirtió desde entonces en la obsesión del gran padre blanco. Acabó poniéndole la camiseta del Madrid, aunque antes hubiese llevado fugazmente la del Barcelona.

Real Madrid y Stade de Reims forman, en el parisino Parque de los Príncipes, ante la primera copa de Europa, 1955-56
Real Madrid y Stade de Reims forman, en el parisino Parque de los Príncipes, ante la primera copa de Europa, 1955-56 (foto archivo L’ÉQUIPE).

No vale la pena perder una línea en glosar las razones por las que Di Stéfano llegó al Madrid y no al Barcelona. Es un debate siempre abierto, con frecuencia basado más en el forofismo que en las pruebas, pero su conclusión importa un bledo para lo que vino después. No valen las hipótesis contrafactuales. No sabemos “que hubiera sido si”. Lo que sabemos, de cierto, es que Di Stéfano fue el eje en torno al que giraron un puñado de talentos sin paragón hasta aquellas fechas.

A su alrededor orbitaron Paco Gento, Ferenc Puskas, Raymond Kopa, Héctor Rial, Roque Olsen, Luis Molowny, Miguel Muñoz, Santamaría, Marquitos, Pachín, Santisteban o Canario. Y otros muchos, hasta completar cuatro decenas de estrellas, más o menos luminosas, con las que se esmaltó el firmamento de la blanca galaxia en la Copa de Europa.

Era el equipo soñado por el eterno presidente Santiago Bernabéu. Él tuvo la intuición de que la Copa de Clubs Campeones Europeos iba a ser una empresa triunfadora y la apoyó con ese equipo de fútbol. Derrochó entusiasmo, mucho más que ningún otro de los grandes equipos continentales. Creyó que sería la antesala a una liga europea en la que los clubes, sólo ellos, controlarían toda la gloria y todos los ingresos del invento. Y los inventores no lo olvidaron jamás. Gabriel Hanot y Jacques Ferran, periodistas de L’Équipe y de France Football, fueron los mejores valedores del Real Madrid, los juglares que cantaron sus gestas hasta convertirlo en leyenda planetaria. L’Équipe llegó incluso a plantear que fuese un invitado perpetuo de la UEFA a la competición, como gratitud por su apoyo para el nacimiento de la misma.

Las imágenes de aquellas copas en blanco y negro, cinco seguidas, con el rancio celuloide del NO-DO y las estelas electrónicas de las primeras imágenes de televisión, se empezaron a enredar en la mente de los aficionados como las cadenas de las moléculas de ADN, en una hélice sin fin. Una ausencia de color que, ahora que también existen copas en alta definición, da más valor al recuerdo. Refuerza el mito, con la lejanía de lo añejo, con el valor de lo arqueológico.

El juego y los goles de Alfredo Di Stéfano (en adelante ADS) fueron decisivos. Se convirtió en la argamasa de aquel equipo de obreros y mitos y convirtió también en mito al Real Madrid. Se diría que había nacido para eso. Para dar gloria al Madrid. Para hacerlo nacer de nuevo. Para dejar de ser ADS y transformarse en ADN.

Tal vez todo esto que aquí se cuenta tenga un sesgo en exceso adanista, pero la cosa va de empezar de nuevo. El Real Madrid fue una de las matronas de la Copa de Europa. Y eso era nacer para la Copa y nacer, otra vez, para el Madrid. Además, ADS y Bernabéu, se inventaron con la nueva competición una causa por la que luchar que acabó siendo una forma de ser en torno a la que operan, hasta hoy, todas las funciones biológicas del Real Madrid.

En fin, que si eso no es adanista, ha de ser, al menos, “adnista”. No vamos a discutir por una vocal de nada.

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