Lothar Matthäus

– Muchacho, está muy bien que no temas a nadie. Pero la carrera de un futbolista es larga y vas a tener que encontrarte muchas veces con esos tipos. Baja los humos.

– No pienso dejar que me pisoteen

 

Corría el año 1979 cuando el joven Lothar Herbert Matthäus completó su primer entrenamiento con el primer equipo de Borussia Mönchengladbach. Tenía dieciocho años, tiempo suficiente para desarrollar una personalidad tan fuerte como polémica. Se acercó a él al final de la sesión el veterano Berti Vogts y le reprochó su peligrosa y vehemente conducta. La respuesta está ahí arriba.

Entonces habían transcurrido varios años desde que midiera su altura en el marco de la puerta. Acudía cada día con la esperanza de que la naturaleza le hubiera concedido un físico similar al de su idolatrado Gunther Netzer, rubio y esbelto, uno de los futbolistas más aristocráticos que ha dado Alemania. No pudo ser. Matthäus medía 1’74 metros y pesaba 72 kilogramos. Su lejanía con el biotipo de jugador alemán se compensó, y con creces, con su prodigioso físico. Su corazón, de ciclista, y su explosividad, de velocista, le permitieron salir pronto del FC Herzogenaurach, un equipo local de Erlagen, en el estado federado de Baviera.

Rozó la época dorada del Gladbach de Jupp Heynckes, Vogts o Rainer Bonhof. Precisamente el primero sustituyó a Udo Lattek como entrenador en la naciente temporada 1979/80. Las cualidades de ‘Loddar’ convencieron al míster y le otorgó la titularidad en la final de la Copa de la UEFA de ese mismo año. Venció el Eintracht de Frankfurt.

Su fútbol era poderoso y alocado, corría apretando los dientes, y eso animó también a Jupp Derwall a llevarle a la selección. Debutó contra Holanda, en la Eurocopa de Italia 1980. Allí comenzó su idilio con Alemania, de la que es el jugador con más participaciones (150).

Adquirió experiencia y aumentó su peso en el equipo y su sentido táctico. Cabeza en el terreno de juego pero no tanta fuera. En 1983 se estampó con un puesto de telégrafos con el coche después de salirse de la carretera. Conducía ebrio e intentó huir, pero le hicieron el control de alcoholemia. Su vida privada ha sido una aventura, lo saben las cinco esposas que ha tenido. Sin embargo, en el campo era un líder. Su discurso era poco asertivo, pero las 43 pulsaciones por minuto que tenía en reposo le hicieron poseedor de una intensidad competitiva insaciable.

De Lothar Matthäus hay que destacar sobre todo su condición física. En los primeros metros tenía un arranque con el balón impresionante. Además era un líder. Un tipo con genio, con carácter, de sangre caliente. Y eso al espectador y al fútbol alemán le gustaba. La gente lo apreciaba mucho. Le gustaba coger las riendas, ser el altavoz. Hablaba con la prensa siempre, no había día en que no hubiera declaraciones suyas porque cuando las cosas iban mal también lo quería expresar. Tenía un claro compromiso con la afición. Siempre ha sido un jugador de esos que también es entrenador. Era igual que Franz Beckenbauer, hablaba con los entrenadores para decirles cómo tenían que jugar.

Miguel Gutiérrez, periodista alemán, en una entrevista personal.

SALIDA A MÚNICH. PARTE I

En el verano de 1984 ‘el inflexible’ se marchó al más grande de Alemania, también al más odiado. Por un tiempo esa antipatía del Bayern recayó sobre su oscura e incomprendida figura. Heynckes quiso evitar su marcha, pero no pudo, y en su último partido juntos, la decepción fue mayúscula. Esperaba el Bayern en la final de la DFB Pokal; 1-1 en el tiempo reglamentario y a los penaltis; Matthäus falló el primer lanzamiento y perdieron. Algunos quisieron ver como algo sospechoso ese fallo contra su futuro equipo.

La capital bávara le esperaba y no defraudó. Conquistó la Bundesliga en las siguientes tres temporadas, una copa y una supercopa. Aunque no tuvo la exquisita técnica de Bernd Schuster, era letal con espacio por delante. Cerebro y torbellino de su equipo al mismo tiempo.

Lothar vivió su primer desencuentro con la Liga de Campeones en 1987. En la final, contra el Oporto, dos goles de los lusos en los últimos diez minutos le privaron de la gloria. Antes de llegar a la cita, Matthäus fue objeto de un pisotón de Juanito en la cabeza durante las semifinales. El mítico jugador del Real Madrid le regalaría más tarde un estoque y un capote para zanjar el asunto, pero la UEFA le inhabilitó por cinco años de las competiciones europeas. 

DOS VECES ITALIA

La visita al Mundial de México 86 no sirvió para apagar el brillo de la Argentina de Maradona, el jugador más venerado por Matthäus: “Yo veía en los grandes espacios lo que Maradona veía en un metro”. Se encontraron en la final del Azteca, y le tocó marcarle, pero él y Alemania no estaban allí para ser protagonistas. Tras aquel varapalo, y el de la Champions, todo empezó a cambiar.

Se marchó Italia, al Inter de Milán, a la Serie A en la que competía el propio Maradona y se acababa de retirar Platini. Para muchos era la mejor liga del mundo en aquel momento. “He ampliado mis horizontes en Italia, me he hecho mejor”, aseguró durante su estancia en el país transalpino. Si en el Milan sobresalían los holandeses, en el Inter era turno de los alemanes. Brehme, Matthäus y Klinsmann ocuparon las tres plazas de extranjero que se permitían en el once y conquistaron la Copa de la UEFA de 1991.

Brehme y Matthäus representan la esencia del fútbol alemán. Bien dotados técnicamente, su poder llega, sin embargo, por la fortaleza integral de su juego y su carácter. Matthäus y Brehme son de los que toman los encuentros al asalto. Klinsmann, introvertido y ecologista, es el tercero del grupo. Su talento radica en una especial habilidad para forzar las grietas en la defensa y en un juego aéreo perfeccionado. De esta sociedad forjada en el fútbol alemán, pero traspasada al italiano, depende en buena medida la suerte de la República Federal de Alemania.

Santiago Segurola, en El País, a 12 de julio de 1990

Matthäus llegó a Italia 90 como estrella absoluta. En su paso por el Giuseppe Meazza explotó todas sus cualidades. Gran parte de la culpa fue de su entrenador, Giovanni Trapattoni, quien le dejó clara su importancia en el equipo, y le obligó a lucir el dorsal 10. Llegó como 10 y como capitán a la cita, pues su seleccionador, el ‘Kaiser’, le dio el brazalete en el 87.

En su tercer Mundial llegó a la cumbre con Alemania. Ahora sí, fue el anticuerpo de Maradona, que se enfadó con el balón en una final repetida pero de distinto resultado. Su extraordinario año se cerró con el Balón de Oro concedido en diciembre. Al año siguiente, obtuvo el FIFA World Player.

SALIDA A MÚNICH. PARTE II

El capitán de Alemania quiso salir del Inter y  su representante, Lothar Pflipen, afirmó que lucharía por su libertad. Con su romance italiano roto, sonaron mil destinos para la rebelde estrella, entre ellos el Real Madrid“Me vino a ver una noche desde Milán a Ginebra, porque deseaba venir al Madrid. Pero mi amigo Pellegrini, presidente del Inter, puso un precio que hizo imposible la operación”, recordó Ramón Mendoza. Finalmente, una rotura de los ligamentos de la rodilla le llevó de nuevo al Bayern en 1992. Tenía 31 años y pila para rato.

Regresó con una nueva demarcación. Abandonó el centro del campo y se posicionó como líbero, una evolución similar a la de Beckenbauer. En el vestuario topó con personalidades como las de Rummenigge, Hoeness o Mehmet Scholl, lo que ocasionó continuas disputas, oro para el diario Bild. Pero él era así. En Italia discutió con Klinsmann, acusó a sus compañeros de no tener “mentalidad ganadora” y se negó a pagar una multa por ello; a un aficionado holandés le dijo que Hitler se había olvidado de él; el Bayern le multó por esquiar; se lió a puñetazos con Lizarazu; estuvo en el punto de vista de Suiza por evadir impuestos. “Si no pudiera hablar o trabajar con todos aquellos con los que he tenido problemas, me quedaría solo en el terreno de juego”, resumió él mismo.

Ese carácter no le valdría con Berti Vogts, viejo conocido que lo apartó de la selección tras el desastroso Mundial de EEUU 1994. No regresó hasta el 98, cuando una plaga de lesiones obligó al seleccionador a llamarle de nuevo. Y así, en Francia, jugó su quinto y último Mundial, récord de participaciones que comparte con el legendario portero mexicano Antonio Carbajal. También se convirtió en el hombre con más partidos jugados en la competición (25)

“Lothar quiere controlarlo todo, hasta los menús”, afirmó el entrenador Eich Ribbeck, que se lo llevó a la Eurocopa del 2000, con 39 años. Los campeones estaban agotados y cayeron en primera ronda. En paralelo, la llama Lothar en el Bayern se iba apagando, y eso que ni siquiera la rotura del tendón de Aquiles de 1995 lo había hecho. Su espectacular físico todavía le permitiría ser el mejor jugador de la bundesliga en 1999, año en el que se consumó su mal fario con la Champions. El Manchester United cambió la historia en 90 segundos en el Camp NouOttmar Hitzfeld le sustituyó a falta de diez minutos para homenajearle, pero todo se vino abajo. “Perder una final siempre resulta duro y más de esta manera. No ha ganado el mejor equipo, sino el que ha tenido más suerte. No hay nada que reprocharnos”, dijo Matthäus, el último en subir al podio para recoger la medalla de subcampeón.

DESPEDIDA Y A LOS BANQUILLOS

Su último partido en Alemania fue en una derrota contra el Stuttgart. Sumó 464 partidos en Bundesliga. De la incalcanzable Liga de Campeones se despidió en el 2000, goleando al Real Madrid por 4-1. Se marchó al MetroStars neoyorkino por una temporada. Meses después la DFB le organizó un partido de despedida al que acudió su amigo Maradona con varios kilos de más. Hasta que decidió dar un infructuoso paso hacia los banquillos de Bulgaria, Partizan, Rapid Viena, Atlético Paranaense… “No podría exigir a unos jugadores con los que unas semanas antes me hubiera quedado en un bar hasta las dos de la mañana que se fueran a dormir a las once”, vaticinó hace tiempo.

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Periodista y Community Manager. Cofundador de Football Citizens. Ahora me encargo de la dirección, diseño web y edición. Jugando el balón con criterio.

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