la peste albert camusCentenares de ratas salen a la luz y mueren a los pies de los transeúntes. No fue un buen presagio en la costa mediterránea. Los argelinos lo confirmarían días después con la llegada de la peste y el cierre de la ciudad por orden de la Prefectura para implantar las medidas profilácticas. Los acontecimientos arrancan en el año 1940 en Orán, escenario oscuro, acuciante y árido, en el que el periodista francés Albert Camus presenta a modo de crónica su novela La Peste.

Uno de sus personajes, Rambert, acude a Orán con el propósito de realizar un reportaje, pero la mala fortuna le deja preso entre los muros de la ciudad. Su incesante lucha por regresar a París le lleva hasta un restaurante español. Allí se encuentra en la hora de comer con Raúl y González, responsables de su fuga. Curiosamente, en esta novela publicada en 1947, el fútbol consigue ocupar un lugar privilegiado, como elemento común entre los conciudadanos, que evocan recuerdos para alejarse de una ciudad azotada.

El resto de la comida lo pasaron buscando un tema de conversación. Pero esto se hizo más fácil en cuanto Rambert descubrió que el caballo (González) era jugador de fútbol. Él había practicado mucho este deporte. Se habló pues del campeonato de Francia, del valor de los equipos profesionales ingleses y de la táctica en W. Al final de la comida, el caballo se había animado enteramente y tuteaba a Rambert para persuadirle de que no había mejor puesto en un equipo que el medio centro. “Comprendes –le decía- el medio centro es el que distribuye el juego. Y distribuir el juego es todo el fútbol”. Rambert era de esa opinión, aunque él hubiera jugado siempre de centro delantero. La discusión fue interrumpida por una radio que después de haber machacado melodías sentimentales, de sordina, anunciaba que la víspera de la peste había hecho ciento treinta y siete víctimas.

A la entrada de la ciudad se levanta el estadio municipal. Sus elevados muros de cemento sirvieron para organizar uno de los tantos centros de cuarentena de la ciudad. En este caso, el fútbol vuelve a separar realidades: la de los contagiados por la peste y la de aquellos que vagan por las calles semidesiertas, sin haber sucumbido a la epidemia. Corre a cuenta de González el anhelo por un deporte desaparecido tras la pérdida de la normalidad.

Fue domingo por la tarde cuando Tarrou y Rambert decidieron dirigirse al estadio. Iban acompañados por González, el jugador de fútbol con quien Rambert se había encontrado y que había terminado por acceder a dirigir por turnos la vigilancia del estadio. Rambert tenía que presentarse al administrador del campo. González le había dicho a las dos, en el momento de encontrarse, que aquella era la hora en que antes de la peste se cambiaba de ropa para comenzar el match. Ahora que los estadios habían sido requisados esto ya no era posible y Gonzáles se sentía, y ése era su aspecto, un hombre de más. (…) El cielo estaba cubierto a medias y González, mirando hacia arriba, comentó que este tiempo, ni lluvioso ni caluroso, era el más favorable para un buen partido. Empezó a evocar a su modo el olor a embrocación de los vestuarios, las tribunas atestadas, las camisetas de colores vivos sobre el terreno amarillento. Las limonadas de primavera y las gaseosas del verano que pican en la garganta seca como mil agujas refrescantes. Tarrou notó también que durante todo el trayecto a través de las calles del barrio, llenas de baches, el jugador no dejaba de dar patadas a todas las piedras que encontraba. Procuraba lanzarlas bien dirigidas a las bocas de las alcantarillas y si acertaba decía: “Uno a cero”. Cuando terminaba un cigarro, escupía la colilla hacia delante e intentaba darle con el pie. Cerca ya del estadio, unos niños que estaban jugando tiraron una pelota hacia el grupo que pasaba y González se apresuró a devolverla con precisión.

Entraron, al fin, al estadio. Las tribunas estaban llenas de gente, pero el terreno estaba cubierto por varios centenares de tiendas rojas, dentro de las cuales se veían catres y morrales (…) Debajo de las tribunas estaban las duchas que habían instalado, y los antiguos vestuarios de los jugadores habían sido transformados en despachos o enfermerías. La mayor parte de los internados estaban en las tribunas, otros erraban por las gradas.

(…) Un enorme chicharreo se oyó en las tribunas: eran los altavoces que en otros sitios servían para anunciar el resultado de los matches o para presentar los equipos, y que ahora advertían gangosamente de que los internados debían volver a sus tiendas para que la comida de la tarde pudiera serles distribuida.

 

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