Los nombres de Carlos Valderrama, René Higuita, Leonel Álvarez, Faustino Asprilla o Andrés Escobar son sinónimo de héroes para el pueblo colombiano en una época en la que solo había villanos que campaban a sus anchas por todo el territorio nacional.

Su fútbol altamente estético quedó grabado en la memoria de todo buen aficionado, pero como si de la manzana de Blancanieves se tratara, su belleza exterior ocultaba un envenenado interior.

EL ASCENSO DEL FÚTBOL COLOMBIANO

Colombia nunca fue una potencia del fútbol en el continente sudamericano, ni siquiera un actor importante, siempre fue el invitado de relleno en las competiciones. Una única participación en los Mundiales, Chile 62 era el hito más relevante de la selección colombiana de fútbol.

El panorama a nivel de clubes era similar, y salvo algunos casos aislados, hay que esperar hasta finales de la década de los 80 para ver a un equipo colombiano convertirse en el mejor de Sudamérica, El Atlético Nacional.

El dinero es el motor y la fuerza necesaria para que un proyecto cobre entidad, se estabilice y se convierta en realidad. En la Colombia de finales del siglo XX, este dinero provenía en su mayor parte del narcotráfico, y el fútbol no escapa de esta realidad. Los narcos usan los clubes como empresas blanqueadoras del dinero negro resultante de estos negocios ilícitos. Con este dinero se consigue parar la fuga del talento nacional a otros países, así como conseguir que buenos jugadores vayan a Colombia.

Durante el auge del narcotráfico no quedó ningún equipo importante limpio de la lacra que asoló a la sociedad colombiana. Muchos son los ejemplos; Gonzalo Rodríguez Gacha tenía un paquete de acciones en el Millonarios, Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela fueron los amos y señores del América de Calí durante 15 años, Octavio Piedrahita era propietario del Deportivo Pereira y Atlético Nacional cuando fue asesinado en 1988, y el más famoso de los narcos Pablo Escobar apoyaba a los dos equipos de Medellín, pero como se ve en el documental ‘Los dos Escobar’, era un habitual en el Atanasio Giradot, hogar del Atlético Nacional.

pablo-escobar posando con un equipo de fútbol, narcofútbol en ColombiaLos capos de los carteles convirtieron a los equipos de fútbol en sus juguetes, organizaban partidos en sus ranchos, en donde se jugaban cantidades ingentes de dinero y participaban los mejores jugadores de Colombia. Pablo Escobar, por ejemplo, hizo grandes regalos a los jugadores del Verde Paisa tras proclamarse campeones de América en 1989; un caso aún más extremo fue cuando mandó llamar a la selección Colombia a que le visitase a la cárcel de La Catedral, construida por él, para jugar un partido.

A finales de los 80, secuestraron al árbitro Armando Pérez, supuestamente por representantes de seis equipos. Tras un comunicado en el que se leía que ni Santa Fé ni América de Cali podían ganar y que al árbitro que pitara mal lo matarían, fue liberado. Peor suerte corrió Álvaro Ortega, que murió asesinado el 15 de noviembre de 1989; suspendiéndose el campeonato local.

En el año 1990, en un partido entre Atlético Nacional y Vasco de Gama, el árbitro uruguayo J.D. Cordellino denunció presiones por parte de dirigentes del equipo de Medellín. El partido fue anulado y el conjunto cafetero obligado a jugar de local en Chile. Al año siguiente, América y Atlético Nacional jugarían sus partidos de locales en San Cristóbal y Miami, ya que los estadios colombianos estaban suspendidos por la CONMEBOL.

En la época de mayor impacto del narcotráfico, 1985 a 1996, no dejó de haber al menos un equipo colombiano clasificado para semifinales de la Copa Libertadores.

LA SELECCIÓN

El país estaba en un situación límite, un gobierno indefenso ante el poder de los carteles de la droga, la guerrilla de las FARC continuaba su lucha, y la población pobre, con miedo y víctima de la violencia reinante en Colombia apenas tenía noticias esperanzadoras que le permitieran escapar de tal realidad.

Pero el fútbol es increíble y el seleccionado colombiano comandado por el Doctor Maturana – con dos generaciones unidas -, por una parte la que llevó a la selección cafetera al Mundial de Italia 90, con el Pibe Valderrama, René Higuita o Andrés Escobar, y por otra una nueva generación de puro talento, como el Tino Asprilla o el Tren Valencia, fueron capaces de brillar en un país sumido en la total oscuridad.

Su fútbol alegre, de toque y siempre ofensivo marcó una época e ilusionó a todo el país; el Gobierno consciente de ello, usó al equipo como arma de propaganda y le llevo a hacer giras por el mundo. Este equipo fue capaz de ganar en la Copa América de 1991 en Argentina, a la anfitriona por 1 a 2, en el partido por el tercer puesto. Estuvo 26 partidos invicta, algo impensable en el fútbol colombiano, todo ello sin renunciar a su estilo de toque y ataque.

El cénit de esta generación lo encontramos en Buenos Aires, septiembre del 93, partido clasificatorio para el Mundial de Estados Unidos ´94. En el Monumental de River Plate, Argentina necesitaba ganar para pasar como primera y evitar la repesca ante Australia, la albiceleste llevaba seis años invicta como local. Tras un inicio alentador y guiado por la hinchada argentina, la selección cafetera se fue haciendo con el ritmo del partido, y toque a toque, pase a pase, desmarque a desmarque fue empequeñeciendo a la bicampeona de América en ese momento. Los goles de Freddy Rincón, Faustino Asprilla y Adolfo Valencia, fueron la rúbrica del mejor partido en la historia del fútbol colombiano, saliendo ovacionados por la platea del Monumental.

Pero esta no es una historia feliz, tras llegar como favoritos al Mundial, el narcotráfico hirió de muerte a una selección ya infectada antes, Higuita estuvo encarcelado por mediar en un caso de secuestro – era muy amigo de Pablo Escobar–, obligaron a hacer cambios en las alineaciones durante el Mundial, amenazaron de muerte a los jugadores; y el fatídico autogol de Escobar se llevó por delante a aquella selección que maravilló al mundo, y lo que es peor, le costó la vida a El Caballero.

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