kapuscinski angola un dia mas con vida futbolTocaba su fin la Guerra de la Independencia de Angola cuando el prestigioso periodista polaco Ryszard Kapuściński llegó a sus costas. La ruptura como colonia de Portugal se había iniciado en 1961. No fue hasta el 11 de noviembre de 1975 cuando los lusos, en retirada tras la Revolución de los Claveles, reconocieron la independencia de los africanos.

El reportero se había presentado tres meses antes, justo a tiempo para ver nacer el siguiente conflicto armado del país: la lucha por el poder en el futuro estado soberano que se avecinaba.

Movimiento Popular por la Liberación de Angola (MPLA) y Unión de Pueblos de Angola (UPA), más tarde denominado Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA), habían compartido bando por la liberación del dominio portugués. Sin embargo, acabaron enzarzándose en una nueva guerra, ésta civil, que no finalizó hasta el nuevo milenio, en 2002.

Tras sus vivencias en Angola, Kapuściński publicó el libro Un día más con vida (Anagrama). Un relato íntimo a modo de diario que arranca con el “éxodo blanco” de Luanda y se desarrolla por los diversos frentes de batalla que engendró la guerra.

Una de las anécdotas tiene lugar entre soldados del MPLA y del FNLA. Debaten sobre fútbol. Ahí los bandos cambian. Se olvidan por un momento de la guerra. Ya no hay presos o guardianes, sino aficionados del Benfica y del Ferroviário:

Sólo hay un lugar, en el otro extremo de la plaza, se oyen voces de conversaciones, incluso carcajadas. Es ahí donde hay una plazoleta rodeada por una balaustrada de hormigón, con un grupo de árboles en el centro.

He enfilado el camino en dirección a la plazoleta, tropezando con piedras, casquillos de bala, una bicicleta abandonada…

En la pared interior de la balaustrada están, de pie, los prisioneros del FNLA, esos ciento veinte hombres que esta mañana han caído prisioneros durante la batalla por Caixito. En el lado exterior, el que da a la calle y a la plaza del mercado, están sus guardianes del MPLA. Una veintena escasa.

Los prisioneros y los guardias mantienen una conversación muy animada: discuten sobre el resultado del partido de ayer. Ayer domingo, en el estadio de Luanda, el Benfica ganó al Ferroviário por 2 a 1. Este último equipo, que desde hace 2 años no ha sufrido ninguna derrota, abandonó el campo en medio de los silbidos de sus propios hinchas. Perdió porque su principal delantero centro, el rey de los goleadores, Chico Gordo [Norberto Francisco da Silva], dejó el club y ahora juega en Portugal, en el Sporting de Braga.

  • Habrían podido ganar.
  • No habrían ganado.
  • ¡Qué Chico Gordo ni qué ocho cuartos! Norberto no es peor y aun así ¡han perdido!
  • ¿Norberto? ¡Norberto no le llega ni a la suela de los zapatos!

Los muchachos discuten, se pelean, divididos en dos bandos; se sacarían los ojos unos a otros. Sólo que ahora la línea divisoria no pasa a lo largo de la balaustrada. El Ferroviário tiene a sus hinchas tanto entre los prisioneros como entre sus guardianes. Y en el segundo bando, el de los hinchas del Benfica que ahora celebran su magnífico triunfo, también se mezclan presos y carceleros.

Es una discusión ardiente, llena de apasionamiento juvenil, igual que las que se producen entre muchachos que salen de un estadio después de un partido importante y que se pueden observar en cualquier parte del mundo. Enzarzado en una discusión así, uno se olvida del todo.

Y está bien que sea posible olvidarse del todo. Que sea posible olvidarse de esa batalla que ha hecho que seamos menos, tanto en éste como en el otro lado de la balaustrada de hormigón. Olvidarse de las redadas que montan los soldados de Mobutu. Y de que tenemos que madurar para la guerra, para que haya cada vez menos tiroteos a ciegas y cada vez más muerte.

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