De tiempos a tiempos estalla el debate sobre cuál es la competición más importante del universo futbolístico, si el Mundial o la Champions League. Ya casi nadie duda que el mayor torneo de clubes del mundo supere en relevancia a las competiciones continentales de países como la Eurocopa y la Copa América. Que la vieja Copa de Europa este para algunos en el mismo nivel que el Mundial es algo que sorprendería hasta a sus padres intelectuales. No obstante no deja de ser un punto valido. Todos los años, a lo largo de varios meses, el mundo se frena para ver los mejores equipos europeos con los mejores jugadores mundiales batirse sin cuartel. Una realidad que dista mucho de sus más humildes orígenes.

La idea de un torneo de equipos continentales existió en Europa desde siempre. Antes de que la Copa de Europa se formalizase, en los años cincuenta, había más de cinco décadas de intentos más o menos fallidos que, no obstante, fueron fundamentales para madurar la idea de un torneo pan-europeo de equipos. En cierto modo el fútbol fue sustituyendo a las armas en la lucha de naciones y desde muy pronto quedó claro que en los terrenos de juego se debatían más que triunfos o debacles de equipos más o menos anónimos.

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ANTECEDENTES

El primer torneo de clubes que se puede considerar como precursor de la Copa de Europa remonta al final del siglo XIX. Una competición donde tomaban parte los distintos representantes del inmenso imperio austro-húngaro, la Der Challenge Cup, fue el pistoletazo de salida para una docena de torneos de cariz regional que ambicionaban coronar el rey del fútbol europeo, reclamando para si la primacía del futbol continental, con un distanciamiento claro a lo que pasaba en las islas, un mundo todavía aparte. A la Der Challenge Cup – cuna de ese fútbol de la escuela danubiana clave en la evolución del juego – se siguieron con los años otros torneos. En la zona del Benelux se medían regularmente equipos galos, belgas, holandeses, alemanes o suizos en torneos como la Copa Jean Deupich o von Ponthoz. En la frontera hispano-gala se disputó durante años la Copa Pirineos y teniendo en cuenta el éxito de esos torneos, el millonario Thomas Lipton – el mismo del imperio de los tés que llevan su nombre – creo un primer mundialito de clubes en Italia donde competieron por tres años algunos de los equipos más importantes de un universo todavía amateur.

Es en el entre-guerras cuando el futbol da un paso adelante como elemento de unión emocional en el continente. Con la Copa Mitropa – quizás el más relevante y logrado precursor de las pruebas de la UEFA – vamos encontrar las primeras míticas tardes europeas de estadios llenos, hinchas apasionados y futbolistas que eran ya estrellas mediáticas y profesionales de pleno derecho. El torneo fue el punto de partida de los míticos años treinta para el futbol centro-europeo, uno de los tres faros del futbol mundial con el Reino Unido y la escuela platense. Víctima de las intrigas políticas, consecuencia de la ascensión del régimen nazi de Hitler y su posterior anexión austriaca, la Mitropa va a desaparecer poco a poco de la memoria para dar lugar, años después, a su pariente más cercano, la Copa Latina, un intento de emular el torneo pero en el escenario de la cuenca mediterránea con Portugal, Francia, Italia y España como protagonistas. Cincuenta años después de ese sueño de un duelo europeo haber empezado a fraguarse, estaban reunidos los ingredientes para que naciera la Copa de Europa. Solo faltaba un pretexto y ese llegó gracias a la habitual fanfarronería británica y a la genialidad húngara.

EL GERMEN

El dia 13 de diciembre de 1954 el Wolverampton Wanderers ganó al Honved en el viejo Molineux. Fue uno más de una serie de amistosos ganados por los locales y emitidos en directo por la BBC contra grandes equipos mundiales. Fue también una forma especial de revancha después de la infame debacle inglesa contra la selección húngaro en Wembley, un año antes. Al final del partido, la prensa inglesa empezó a hablar del Wolves como el campeón europeo. Gabriel Hanot, editor del periódico galo L´Equipe y testigo presencial de ese partido, estaba colérico. Habia visto como los ingleses habían llenado de agua el césped para impedir a los húngaros jugar su habitual futbol de toque corto a la vez que potenciaba el uso de balones por el aire que tanto gustaba a los hombres de Cullis. Hanot escribió en la crónica del partido que para que el Wolves fuese considerado como campeón de Europa debería, como mínimo, jugar un partido en Budapest.

En Inglaterra nadie prestó atención pero a los pocos días el periodista volvió a la carga y publicó una carta de intenciones en las que clamaba por la necesidad de crear una superliga europea, una liga cerrada de los mejores equipos europeos para determinar quién era, en realidad, el mejor del continente. Esa idea de Superliga nunca avanzó pero hubo varios dirigentes que tomaron nota y siguieron en contacto con Hanot para buscar un modelo idóneo para esos días donde los transportes eran todavía caros y raros. 

EL NACIMIENTO

Rápidamente se pasó de una liga regular a un torneo a eliminar con ida y vuelta y final en campo neutral entre los campeones europeos del año anterior aunque para la primera edición la presencia seria por invitación. La Copa de Europa había nacido como tal. Logrado el fundamental visto bueno de una UEFA que acababa de nacer – una exigencia de la FIFA para dar validad oficial a la competición – se empezó a preparar la primera edición. Algunos de los invitados eran campeones de su país, otros no tanto. La única condición básica era la de que cada participante tenía que tener su propio alumbrado artificial ya que los partidos se disputarían entre semana, a final del día. Habían nacido las noches europeas.

La evolución de la competición fue espantosa y creció gracias sobre todo a la torrente de innovaciones tecnológicas de esos años. La televisión empezó a cambiar la vida de las personas y el fútbol fue uno de sus primeros grandes atractivos. Los partidos entre semana se convirtieron en parte de la liturgia obligada del hincha, lo que llevó a que muchos de los equipos de entonces conquistasen una nueva legión de seguidores hasta entonces impensables. El “boom” del turismo – vuelos regulares más seguros y baratos, mayor explotación hotelera – facilitó que los seguidores de los clubes pudiesen seguir a su equipo en sus viajes europeos y, en cierto modo, la Copa de Europa hizo más por unir a los europeos en una entidad común que la Comunidad Económica Europea que nació unos años más tarde.

La lista de países se fue ampliando a medida que cambiaba la geografía europea, pero la naturaleza de la competición se mantuvo inmutable en los treinta y cinco años posteriores a su primera edición. Fueron los años dorados de las grandes dinastías europeas del Real Madrid, Benfica, Milan, Inter, Ajax, Bayern, Liverpool o Nottingham.

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Real Madrid campeón de la primera edición en 1956. ABC

Con la caída del muro de Berlin, Europa se amplió y surgió la necesidad evidente de reformular la competición. La explosión comercial del juego, en los ochenta, y la llegada de los canales por cable, fueron el pistoletazo de salida para que varios directivos, liderados por Silvio Berlusconi, presionasen la UEFA a optar por un modelo radicalmente distinto que beneficiaba a los grandes equipos, cambiando las rondas de eliminación directa por una fase de grupos que ampliaba su margen de supervivencia. Hasta entonces no había ningún criterio previo a los sorteos, lo que provocaba emparejamientos en las primeras rondas entre favoritos. Se creó el ranking UEFA, los cabezas de serie y una fase de grupos de prueba con pase directo a la final, se fue ampliando el número de participantes por países, el número de eliminatorias posterior a la liguilla (durante algún tiempo llegó a existir una segunda liguilla) y con todo aumentó también el espolio financiero para los participantes. La Copa de Europa se cambió de traje, de himno, de nomenclatura. Se convirtió en Champions League, un torneo que tiene más semejanzas con la idea original de Hanot o competiciones como la Mitropa – su mayor influencia – de lo que parece a primera vista pero que no deja de crear un abismo emocional con los que han vivido los años de oro de la Copa de Europa.

Si es cierto que no todo empezó en el Molineux, ese partido fue clave para dar orden a una serie de ideas que palpitaban en el corazón del fútbol europeo desde tiempos inmemoriales. El éxito del proyecto está a la vista de todos. De esa noche lluviosa de noviembre a la final bajo el sol de junio en Berlín, van más de sesenta años de historia. Es toda una identidad colectiva que gana un sentido especial alrededor de un torneo que, se puede afirmar, dibujó con goles y paradas imposibles de lo que es la Europa moderna.


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Autor de los libros Noches Europeas / Toni Kroos / Sonhos Dourados / Noites Europeias / CineGuia: Autor, Periodista e Historiador; Madrid-Porto 1984

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