George Best

Fue una estrella pop cuando los futbolistas no eran más que futbolistas. Fue el primer jugador mediático, pionero en codearse con la beautiful people y en aparecer en las páginas del corazón a las que ahora asoman con soltura Ronaldos y Beckhams. Fue un tipo ingenioso, siempre con una frase ocurrente en los labios cuando había un micrófono delante. Fue un juerguista, buen vividor y mejor bebedor, un hombre que disfrutó la vida, de trago en trago, de coche deportivo en coche deportivo, de Miss Mundo en Miss Mundo. Pero, sobre todo, George Best fue un futbolista extraordinario, uno de los mejores jugadores de la historia.

UNO: EL CHICO DE BELFAST

La historia empezó en 1961, con un telegrama de Belfast a Manchester. “Creo que he encontrado a un genio”. El remitente del mensaje era Bob Bishop, ojeador del Manchester United, y el destinatario, Matt Busby, el legendario entrenador de los diablos rojos, que andaba reconstruyendo el equipo después de la fatal tragedia aérea de Múnich, en la que fallecieron ocho futbolistas del Manchester United, entre ellos el maravilloso Duncan Edwards (Busby diría después que Edwards y Best eran los dos mejores jugadores que había dirigido nunca). El genio al que se refería el visionario Bishop era un chico de Belfast de 15 años que se llamaba George Best, como si en el apellido llevara ya grabado su destino.

Aquel chaval tímido, que en el césped se transformaba en un torrente, tardó poco en abrirse camino en las divisiones inferiores del United y en un par de años debutó con el primer equipo. De su ciudad natal conservaría para siempre el apodo de Belfast Boy, que sería inmortalizado en 1970 por Don Fardon, el legendario vocalista de la banda The Sorrows, en una canción para la historia.

DOS: EL FUTBOLISTA

En poco tiempo, Best se convirtió en la gran estrella del United y del fútbol británico. Formando la llamada Holy Trinity junto a Denis Law y Bobby Charlton (uno de los supervivientes de Múnich), Best guió a su equipo a la conquista de dos títulos de liga (1964/65 y 1966/67). Era un futbolista total, que, aunque tenía predilección por partir de la derecha, se movía con soltura por todo el frente del ataque. Vean vídeos de la época e intenten encontrarle un punto débil: era un regateador formidable, poseía un gran pase, remataba bien con las dos piernas y era un excelente cabeceador. Incluso, cuando perdía el balón, se esforzaba en defensa. Superdotado técnicamente, también tenía un físico prodigioso. Cuesta encontrar un futbolista más completo.

El momento cumbre de la carrera de Best llegó en la final de la Copa de Europa de 1968 disputada en Wembley. El United llegaba a la final tras haber derrotado en semifinales al Real Madrid, que había ganado la Copa un par de años antes con el equipo ye-yé. En la final el contrincante era el potente Benfica de Eusébio. El partido se fue hasta la prórroga y allí apareció George Best para marcar el gol de sus sueños. En un contraataque, al poco de iniciarse la prórroga, condujo el balón, encaró al meta Stepney, lo dejó sentado en el césped con un quiebro y remató a placer a la red. Más tarde, Best reconocería que siempre había fantaseado con meter un gol regateando al portero, parándose en la línea de puerta y empujando, con las rodillas en el suelo, el balón con la cabeza. Aquella jugada de Wembley fue similar, pero no se atrevió a tanto. “Si hubiera cabeceado, Busby habría tenido un ataque cardíaco”, bromeaba tiempo después en una entrevista, en la que reconocía que por un momento tuvo la tentación de terminar así la jugada.

Con aquel gol, el Manchester United ganaba la primera Copa de Europa de su historia, con Best como héroe de la final. Pocos meses más tarde recibiría el Balón de Oro como reconocimiento al mejor futbolista del año 1968. A sus 23 años, Best estaba en la cúspide del mundo del fútbol.

TRES: LA CELEBRIDAD

Cuenta la leyenda que después de ganar la Copa de Europa se fue a celebrarlo a una cabaña con John Lennon y Yoko Ono. Poco importa si es cierto o no. Ya saben aquella frase de ‘El Hombre que mató a Liberty Valance’: “cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime siempre la leyenda.” Verdadera o falsa, la anécdota refleja muy bien en lo que se había convertido Best a esas alturas. Su figura había trascendido lo futbolístico para entrar en el universo de las pop stars, al nivel de McCartney o Jagger. 

Para entonces la fama de juerguista de Best ya era proverbial. Asiduo a las fiestas, siempre con una copa en la mano y una chica despampanante en la otra, Best vivió como una estrella más el estallido del pop en los sesenta británicos. Su imagen (guapo, elegante, con melena), su facilidad de palabra y su gustos hedonistas (mujeres, coches rápidos y alcohol eran su santísima trinidad) le acercaban más al artisteo de moda que a sus compañeros de vestuario. George Best, probablemente más que ningún otro jugador, fue hijo de su tiempo. Nadie sabe que hubiera sido de él de haber surgido solamente una década antes.

El apodo de El Quinto Beatle, el que mejor refleja la condición de Best como celebridad de su tiempo, fue obra de la prensa portuguesa, después de una exhibición en el Estadio da Luz contra el Benfica en 1966. Sucedió en los cuartos de final de la Copa de Europa. El United afrontaba el partido de vuelta en Lisboa con la ventaja del 3-2 logrado en Old Trafford. Las órdenes de Busby eran claras: aguantar el chaparrón agazapados atrás hasta que los portugueses se pusieran nerviosos. Sin embargo, George Best no se debió enterar: a los 13 minutos ya había marcado un par de goles. El partido terminó 1-5, con una actuación memorable del futbolista norirlandés. El titular de la prensa portuguesa al día siguiente no pudo ser más atinado: “O Quinto Beatle”. El apodo le venía a Best como un guante.

CUARTO: EL HOMBRE

La estrella de Best se fue apagando poco a poco, demasiado pronto. Desde la final de Wembley y el Balón de Oro de 1968 comenzó el lento pero inexorable declive, hasta que en 1973 dejó el Manchester United, hastiado y desilusionado. Él argumentaba que la dinámica perdedora en la que había entrado el equipo en los últimos tiempos, así como su mala relación con el técnico Tommy Docherty, habían sido las razones principales de su marcha. Pero a nadie se le escapa que su vida fuera del césped, cada vez más disipada, no ayudó a prolongar su carrera en Manchester.

Aunque su forma no era la de años atrás, podría haber continuado su carrera en algún otro equipo de las islas, pero prefirió la emoción de una aventura nueva y se marchó a EEUU, donde intentaban impulsar el ‘soccer’ con la presencia de figuras veteranas (más tarde llegarían Pelé, Carlos Alberto, Cruyff y Beckenbauer). Con 27 años, Best era ya prácticamente un exfutbolista.

Desde entonces, fue dando tumbos (regreso a Inglaterra para jugar en Segunda con el Fulham, volvió a Estados Unidos, jugó en Escocia y acabó en la tercera división inglesa) hasta que en 1983 colgó definitivamente las botas. Estuvo incluso a punto de ser convocado con Irlanda del Norte para el Mundial de 1982, pero el seleccionador Billy Bingham rechazó finalmente la posibilidad. Desde su retiro, cada noticia de Best era un puñal para sus admiradores. Las peleas conyugales y las hospitalizaciones por su adicción al alcohol se hicieron frecuentes. Tras ser sometido a un trasplante hepático, murió el 25 de noviembre de 2005, con el hígado destrozado.

CINCO: EL MITO

George Best, el hombre, falleció en 2005, pero el futbolista había muerto mucho antes, probablemente el mismo día en que anunció su marcha del Manchester United, el equipo de su vida, cuyo número 7 (aunque no fue el único que llevó) será asociado por siempre a su sonrisa, su barba y su melena al viento. Sin embargo, el mito sigue más vivo que nunca. Durante los últimos años su figura no ha hecho más que agigantarse. Convertido en icono pop, a la altura de Lennon, Elvis o el Ché Guevara, su imagen aparece en libros, posters, camisetas (Maradona good, Pelé better, George Best) o portadas de discos. En 2006, poco después de su muerte, el Banco de Ulster lanzó una tirada limitada de billetes de cinco libras con la imagen del jugador. En noviembre de 2014, se lanzó una nueva edición del billete con motivo de los nueve años del fallecimiento del mito norirlandés.

Pero no sólo los billetes rinden honor a Best en su país natal. Si alguna vez viajan a Belfast, al poner pie en Irlanda del Norte, tendrán el honor de pisar el Aeropuerto George Best. Si Liverpool tiene un aeropuerto dedicado a John Lennon, Belfast lo tiene a su hijo predilecto, al hombre que más intensamente vivió fuera y dentro de los terrenos de juego. Esa es la altura del mito.


Javier Martín (@georgebest_) le tomó prestado el apodo a George Best para bautizar su blog, Belfast Boy, donde escribe sobre fútbol, música pop y otras historias. Fue columnista de Libro de Notas y ha colaborado en Jot Down, Lineker Magazine, 1001 Experiencias, Hipersónica y Highway, entre otros medios.
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