garrincha
Garrincha contra Chile. Fotografía de la FIFA

El 16 de julio de 1950, día de crespones negros para Brasil, pescaba tranquilamente, ajeno a que, en ese mismo momento, Alcides Ghiggia silenciaba Maracaná y pintaba para siempre sus paredes de celeste. Ocho años después, el 29 de junio de 1958, se proclamaba por primera vez campeón del mundo tras “un torneo menor, con varios partidos de entrenamiento y una final algo más disputada”. “Hemos ganado un campeonatito pobre… Fíjense, no tiene ni segunda vuelta”, señaló Garrincha tras derrotar a Suecia en la final de Solna y conseguir la primera estrella para la ‘canarinha’.

Manoel ‘Mané’ Francisco dos Santos nació 26 de octubre de 1933 en Pau Grande, localidad cercana a Río de Janeiro, séptimo hijo de un guardián de fábrica. Los médicos informaron a sus padres de que aquel niño, con la pierna izquierda seis centímetros más corta que la otra y torcida hacia la derecha, la columna vertebral desviada, taras en los pies y aquejado de poliomielitis, no conseguiría andar.

Sin embargo, anduvo y corrió mucho. Por ello, su hermana Rosa le apodó Garrincha, el nombre de un pájaro tropical, torpe pero rápido. “El garrincha no sirve para nada, pero es veloz. El garrincha soy yo”. Su fervorosa hinchada, años después, dio en llamarle ‘el ángel de las piernas torcidas’.

Inútil para los trabajos mecánicos y para cualquier carga responsable, Mané se curtió en acariciar balones en los campos de tierra de Río. Su despreocupación y sus evidentes imperfecciones físicas le lastraron a la hora de encontrar trabajo; el Vasco da Gama le rechazó por presentarse a las pruebas sin botas, y Fluminense, América y São Cristovão también le dieron la espalda.

“Ahora ya vienen hasta los inválidos”, afirmó el seleccionador de nuevos talentos del Botafogo al verle llegar. Pero la destreza de aquel joven patizambo no pasó desapercibida. Su primer Campeonato Carioca de los tres que lograría llegaría en 1957; en la final, con 6-2 a favor del Botafogo, el técnico del Fluminense, Tele Santana, desesperado después de que los dos marcadores de Garrincha durante el encuentro le hubiesen suplicado el cambio, se acercó a Nilton Santos, compañero de Mané. “Ya sois campeones; haz el favor de decirle a Garrincha que deje de poner en evidencia a nuestros hombres”. Garrincha jugaría 609 partidos y anotaría 252 goles con el ‘Fogão’.

garrincha la alegria del puebloTodavía hay brasileños que cierran los ojos y pueden ver aquella jugada que repetía una y otra vez, y en la que todos caían a pesar de saber que se avecinaba la tragedia: en el extremo derecho, pegado a la línea de cal, esperaba con alevosía a su adversario; amagaba para un lado y para el contrario, arrancaba y frenaba en seco; con el oponente ya rendido y con un quiebro de cintura, se iba. Poco le importaba quién tuviese enfrente, porque para Mané todos los rivales se llamaban ‘João’. “La pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente”, escribió el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra (1995). Era ‘la alegría del pueblo’.

Más problemas tuvo para tener su oportunidad en la selección brasileña. En la preselección para el Mundial de 1958, el psicólogo de la ‘canarinha’ le declaró “débil mental”, incapaz de integrarse “en el juego colectivo”. Un informe técnico de su amigo Djalma Santos, con quien conquistaría las dos siguientes Copas del Mundo, convenció al seleccionador Vicente Feola, que le llamó junto a otra joven promesa, Pelé.

Garrincha debutó, por petición de sus compañeros, en el último encuentro de la fase de grupos ante la Unión Soviética. “Los soviéticos nos marcaban al hombre, pero, de repente, comenzaron a amontonar gente en el lado izquierdo de su defensa”, explicó en una ocasión su compañero Nilton Santos. Catorce días más tarde, tras un 5-2 ante la anfitriona Suecia, Brasil levantaba el trofeo Jules Rimet.

Comenzó un idilio mítico, memoria colectiva de todos los brasileños; Con Pelé y Garrincha juntos en el terreno de juego, Brasil nunca perdió un partido. El profesional modélico y el artista amateur. Desde la selva amazónica al Océano Atlántico, el debate no es Pelé o Maradona, es Pelé o Garrincha.

pele y garrincha
Pelé y Garrincha

Sin embargo, el paso a la eternidad le esperaba en el Mundial de Chile 1962. “¿De qué planeta procede Garrincha?”, se preguntaba el titular del diario local El Mercurio después de que le hiciese dos goles a Inglaterra en semifinales. En la final le esperaba Checoslovaquia para un duelo entre artistas y proletarios en plena Guerra Fría.

“Maestro, cuándo es la final?”, le preguntó a Aymore Moreira, seleccionador de Brasil, justo antes del partido definitivo en el Estadio Nacional de Santiago. “Hoy”. “Ah, con razón hay tanta gente”. Tras derrotar a los europeos, se le acercó un periodista. “Por favor, dos palabras para este micrófono”. “¿Dos palabras? Adiós, micrófono”.  En 60 partidos en la ‘canarinha’, Mané sólo perdió una vez, ante Hungría en Inglaterra ’66, precisamente su último partido como internacional.

Cerveza, aguardiente y tabaco eran sus amantes cuando dejaba dormida a la pelota. Eso y las mujeres; se casó en tres ocasiones y tuvo 14 hijos reconocidos, incluido uno fruto de un escarceo durante el Mundial de Suecia. “Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí”, dijo en una entrevista. Sin embargo, ni el alcohol ni sus líos de faldas acabaron con su carrera; dos operaciones de menisco le lastraron, y tras pasar por el Corinthians, el Flamengo, el Olaria y el Atlético Junior colombiano se retiró en 1972.

Tras ello, se acuarteló en Pau Grande. “Allí aprendí tres cosas: a ser humilde, a coser y a jugar al fútbol, en ese orden”. Olvidado por los que le quisieron, solo y encerrado en su favela, se entregó a una vida de excesos que le acabó matando. Una cirrosis terminó con Mané el 20 de enero de 1983, con sólo 49 años. Su cadáver llegó, sin identificación, al tanatorio de su localidad natal.

Su muerte removió las entrañas de la que fuera su ‘torcida’, a la que enseñó a reír. Los cariocas se lanzaron a las calles para acompañar al cortejo fúnebre, que partió de Maracaná hacia Pau Grande, donde reposa para siempre, en una especie de Carnaval improvisado en pleno verano en el Hemisferio Sur. Su epitafio recoge lo que significó: “Aquí descansa el hombre que fue la alegría del pueblo: Mané Garrincha”. Y Brasil no lo olvida.

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