Adios al primer grande de la historia del futbol, hasta siempre Don Alfredo Di Stefano
Alfredo Di Stefano rematando de cabeza durante el partido de la Copa de Europa de 1960 entre el Real Madrid y el Barcelona

Hace algún tiempo que los Clásicos perdieron la tradicional pátina de partidos del siglo para, directamente, derivar en partidos del Juicio Final. Ningún choque conjuga mejor fútbol y apocalipsis que un Madrid-Barça en la era en la que no llegar a los cien puntos en Liga se antoja casi una vulgaridad. Al tradicional circo mediático forofo que desfila en formación tortuga frente a cada uno de los contendientes hay que añadirle la sensación de precipicio, de vacío total, que la mayoría de pretorianos de la pluma le coloca a estos Clásicos contemporáneos de dinosaurios gigantes del Cretácico dándose dentelladas. Hemos pasado de que estos partidos decidan ligas a que casi decidan gobiernos.

Yo, que soy más descreído, tiendo a pensar que los Clásicos ya no deciden ni la honra. Porque, salvo revolcón morrocotudo, unos y otros siempre encuentran motivos para refugiarse en deslucir una victoria del rival que, pase lo que pase, será siempre pírrica. Agarrarse ardiendo a esa falta o a aquel fuera de juego sirve como placebo para resistirse a pensar que el de enfrente ganó en buena lid y, de propina, para alargar el debate otro porrón de meses más. Así que temo no encontrar este fin de semana la respuesta a todas las preguntas fiscalizantes que los periodistas nos hemos empeñado en acumular, como si de lo que ocurriese en el Bernabéu dependiera el porvenir de este deporte y como si el milenarismo fuese a llegar con el ‘Madrid y nada más’.

Tendrá Luis Enrique sobre su cabeza el fantasma del fallo cruel en cada partido de enjundia real. Quedará el Real Madrid de Ancelotti con siete puntos menos y ventaja para el Barcelona en este eterno deuce que son los choques entre ambos. Sobrarán motivos, por tanto, para que de nuevo los Cuatro Jinetes cabalguen desatados por donde toque. Florecerán las crisis y otra vez procederemos a derribar edificios que luego, a lo peor, nos toca volver a levantar dentro de un mes. Así es el fútbol del corto plazo en el que algún día nos zambullimos, con el vértigo analítico de tener que actualizar cada noche nuestro diagnóstico lapidario para no parecer aburridos ante la audiencia.

Me niego a hipotecar una Liga recién nacida a lo que ocurra en los nuevos noventa minutos más importantes de nuestras vidas. No veo respuestas sólidas en casi nada de lo que vaya a ocurrir y más allá del fuego de artificio, me gusta pensar que en estos duelos trascendentales, como escribe Robert Kiyosaki, a veces se gana y a veces se aprende.

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