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Aludo muchas veces a que se ha hecho historia. Quizá demasiadas. Posiblemente trate con más categoría de la que requiere a muchas de las situaciones que se producen a mi (nuestro) alrededor. La Historia era una de mis asignaturas predilectas y ahora continúa ocupando un espacio importante como afición. Fue comprenderla desde el punto de vista básico, fundamental y didáctico, en mi camino hacia cómo impartirla cuando un día fuera profesor de Educación Primaria y cambiar mi visión: empecé a notar cómo se construían los hechos históricos a la vez que transcurre nuestra rutina diaria, a no poder separarla del día a día y a transmitirla como merece.

Récords de imbatibilidad, rachas de victorias, cifras de goles, enfrentamientos entre dos equipos… No todo es susceptible de extraer de la cotidianidad para envolverlo con un halo de Historia. Pero, sin embargo, pensar me ha llevado a escribir por qué el último enfrentamiento entre dos equipos que he tenido el placer de presenciar en vivo sí que se puede etiquetar como histórico y puede, con todo el derecho, escribirse en el libro de texto. Porque lo merece.

Desde que se desveló el calendario de la nueva temporada de la liga femenina de fútbol de primera división todos marcamos en rojo en nuestra particular agenda futbolística el fin de semana del 10 y el 11 de diciembre: la penúltima jornada de la primera vuelta nos regalaba, con las ciudades, las tiendas y los hogares engalanados para la Navidad, un Atlético de Madrid Femenino – Barcelona Femení. En enero de 2016 un apagado empate sin goles en el Cerro del Espino dejó con ganas de otro duelo a jugadoras, técnicos, aficiones y espectadores neutrales, y el 0-1 del tramo final de competición nos vino descafeinado ya que el título se lo había apoderado con solidez el Athletic Club. Nos sirvió, eso sí, para darnos cuenta todos de que María Pilar León, “Mapi” para los amigos y María León en la espalda, pasaba de ser una gran lateral (“hasta extremo, me gusta recorrer la banda”, decía a su llegada a Madrid dos años antes) a una espectacular central. Todo con 20 años. Había llegado con 19. Y habiendo formado parte de Zaragoza y Espanyol en primera. Mapi nos sirve para acotar el fútbol femenino español: triunfa en inferiores, rompe moldes y quema etapas, para faltarle culminar en la élite. Pero algo está cambiando.

Me he ido del tema sin querer. Vuelvo a lo que nos ocupaba. Atleti y Barça querían sacarse más jugo entre ellas, por lo que la Copa de la Reina, disputada con la liga concluida en unos días de fiesta en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, se erigía como candidata a observar el ansiado choque. Se despegaron rivales y se vieron las caras en la final. Y el fútbol contenido explotó. Tenía que salir por algún lado. En media hora las rojiblancas mandaban 3-0 y en la reanudación las blaugrana asustaron colocándose 3-2. El poderío era palpable. El Atlético de Madrid Féminas lograba su primer título, en verano se integraba en el organigrama del club y modificaba su apellido por “Femenino”. Todo ello en un contexto especial: el Barcelona pisaba meses antes los cuartos de final de la Women’s Champions League y solo un gol del duro PSG tras un desgraciado error de Sandra Paños le apartaba de las cuatro mejores del continente. Esos cuatro mejores fueron dos franceses (el citado PSG y el Olympique de Lyon) y dos alemanes (Frankfurt y Wolfsburgo). Hablamos de los dos países de mayor tronío en el fútbol femenino en clubes y selecciones absolutas, y aseguraban un finalista cada uno al copar por países las semis. Wolfsburgo y Lyon dirimieron la final, porque son mejores dentro de las mejores, y la copa voló a Francia. Eso sí, Sandra Paños, la guardameta del Barça, fue la única integrante del equipo ideal de la UEFA que no llegó a semis. El resto, el techo de Europa. Estábamos llegando.

No solo por el nivel de los clubes, sino porque ni un año antes de todo esto, nuestras futbolistas representaron por primera vez a España en un Mundial absoluto, con mal sabor de boca por la despedida en la primera fase, con sensación de rabia porque pudimos dar más y con las ganas de desquitarse. Cómo no. Durante la temporada 2015-2016 las chicas protagonizaron una fase de grupos para la Eurocopa de los Países Bajos de 2017 absolutamente inmaculada: ganaron todos los partidos, anotaron treinta y nueve goles y solamente recogieron dos veces el balón de sus mallas. No está mal para un combinado nacional que previamente solo había estado dos veces en una Euro: semifinales en 1997 y cuartos en 2013, y siempre accediendo mediante repescas agónicas.

Una vez contextualizado el título de Copa para el Atlético ante el Barcelona puede que sea más sencillo imaginar la magnitud del evento del 11 de diciembre. Porque la liga avanzó jornadas y, pese a no ser Francia o Alemania, se está apostando fuerte en ella. Ya lo podemos ver todos fácilmente. Hay un patrocinador y se llama Liga Iberdrola, hay reportajes tan interesantes como curiosos en prensa nacional, hay espacio en radio, las redes sociales no dejan de ayudar y hay televisiones para que cada jornada podamos disfrutar de tres partidos en los que apreciamos el trabajo de los técnicos y las futbolistas, desafortunadamente muy oscuro en los durísimos inicios y en la extinta Superliga, de hace tan solo unos pocos años.

Vivimos años diferentes, evolucionados. Y el Atlético de Madrid decidió abrir el Vicente Calderón para ellas por primera vez en la historia. Socios gratis y entradas a cinco euros. Además, tras trece jornadas persiguiéndose y sin que el Atleti dejara escapar al Barça, el momento llegó con las catalanas solo dos puntos por encima, con lo que el vencedor se iría líder a Navidad. Y la fila para comprar entradas a media hora del saque inicial rozaba el medio millar de personas. Increíble es poco. Con el partido empezado y el genial aspecto de la grada la gente no dejaba de entrar, de recorrer escaleras y pasillos en busca de unas pocas localidades libres juntas para sentarse con la familia, con los amigos, con los mayores y con los pequeños. Porque estábamos todos.

El ambiente era fantástico y superó las previsiones de cualquiera, acabando por abrir los fondos y sectores que jamás se imaginaron con público en la matinal de fútbol femenino. Aunque lejos de las cifras de varios partidos del Athletic Club en San Mamés (que, por cierto, con 9.127 espectadores en octubre ostenta la mayor asistencia en dieciseisavos de Champions femenina) y superando la de un Levante – Valencia que con 8.122 llenó la tribuna completa del Ciutat de Valencia hace solo veinte días (otro hito a tener en cuenta), un total de 13.935 personas vivieron un día para la Historia. Creo que sí. Récord madrileño en fútbol femenino. Por seguir sumando, el primer gol en el Calderón lo marcó Marta Corredera, que aterrizó en Madrid con la liga iniciada, procedente del Arsenal. Y enfrente, el Barça, en las mismas circunstancias, alineó como titular a Vicky Losada, llegada desde el mismo equipo londinense. Antes lo mejor era irse. Ahora volver es una opción agradable.

atleti-barcelona-calderon-futbol-femeninoUnos minutos más tarde, la pichichi de la liga, Sonia Bermúdez, dibujó un espléndido arco con su zurda de seda para firmar el 2-0. Antes había asistido con la derecha. Aquí se trabaja todo más. En los segundos cuarenta y cinco minutos, las estiradas del Barcelona con balones cruzados y centros al segundo palo permitieron el 2-1 y un final más emocionante. Los tres puntos se los quedó el Atlético, junto a la cabeza de la tabla. El triunfo es de todas y cada una de ellas. Tanto de las que han marcado en el Manzanares, como de las más pequeñas que empiezan y, especialmente, de las que hace veinte, treinta, cuarenta, diez o cinco años, es igual, se cambiaban a escondidas para poder ir a entrenar y la ropa se la lavaba su mejor amiga. Porque ya les tenía que gustar el fútbol. Va por ellas. Para todas las estrELLAS.

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Soy maestro pero me llaman profe. Abonado del Getafe desde 2008. De fútbol, baloncesto, F1, viajes e idiomas. Optimista. Last forever. #SoñarEnGrande.

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