Eusébio
Eusébio posando con balones de fútbol en 1963. AFP/GettyImages

Podía haber sido el momento culminar de su brillante carrera. Pero no lo fue. Otros jugadores se hubiesen lamentado, increpado al cielo, mirado al vacío. Él no. Se mantuvo de pie, cabeza bien erguida y aplaudió. Una y otra vez aplaudió al portero rival, al responsable por su desdicha. Eusébio da Silva Ferreira era así. Un deportista antes incluso que futbolista, uno de los últimos gentlemans del césped. Fue la respuesta europea – mejor dicho, africana – a Pelé e hizo soñar a miles de jóvenes en los locos años sesenta con su mágico pie derecho.

Karl-Heinz Rummenige lo decía a menudo. Cuando jugaba en la calle, en los años sesenta, y a cada joven le tocaba pedir ser un jugador, él siempre quería ser Eusébio. El problema es que todos querían ser Eusébio. En los años sesenta pocos futbolistas eran tan universalmente reconocidos. Los europeos habían visto pocas veces a Pelé. Entre el Mundial del 58 y su consagración en 1970 el delantero brasileño apareció muy pocas veces en televisión y la magia de las noches europeas había consagrado ya a su sucesor. Fue una generación de grandes futbolistas, una que incluya a Bobby Charlton, Gianni Rivera, Luis Suárez, George Best, Lev Yashin, Florian Albert o incluso los adolescentes Cruyff y Beckenbauer. Pero ningún de ellos llego realmente a ser tan universal como el joven que nació en un humilde barrio de Maputo (entonces Lourenço Marques) en la colonia portuguesa de Mozambique. Quizás era su aire desenfadado, la forma como disputaba una final europea como se todavía estuviese en la calle con una pelota de trapos viejos. O su capacidad para lograr lo imposible con una facilidad asombrosa. En el Mundial del 66 el mítico Bobby Charlton recuerda todavía cómo poco antes del descanso del partido de cuartos de final contra Argentina miraba al marcador para ver lo que pasaba en Liverpool en el encuentro entre Portugal y Corea del Norte. Los asiáticos iban 3-0 y Charlton no se lo podía creer. Ni él ni nadie. Cuando el partido llegó a su final la normalidad había sido restablecida. La normalidad se llamaba Eusébio, autor de cuatro de los cinco goles de los lusos, un récord que Emilio Butrageño tardó veinte años en igualar.

Eusébio fue el primer futbolista total, capaz de unir el talento del jugador africano con la inteligencia de la escuela europea

 

Eusébio llegó a Portugal como una de las más jóvenes promesas del fútbol en las colonias lusas. Empezó por jugar en un filial mozambiqueño del rival del Benfica de sus amores, el Sporting de Lisboa, pero fue con las ‘Águilas’ que terminó fichando. Su historia suposo un punto y aparte en la del futbol portugués. Hasta su llegada al estadio de la Luz existía un equilibrio en títulos conquistados entre Benfica, Sporting y Porto, los llamados ‘Tres Grandes’. En los quince años siguientes el Benfica se disparó de la competencia en ligas y copas conquistadas y asaltó Europa. Eusébio fue fichado gracias a la recomendación de Carlos Bauer, antiguo internacional brasileño que notificó a su anterior técnico, Bella Guttman, por entonces ya manager del Benfica, del joven. Llegó en 1961 a la capital pocos meses antes de que el club ganase su primera Copa de Europa donde no pudo ser protagonista. Ese verano se estrenó en un partido contra el Santos de Pelé y las comparaciones, siempre odiosas, empezaron. 1962 fue su primer grande año. Del equipo juvenil agarró la titularidad en el ataque de todo un campeón europeo y lideró el equipo hacia su segunda corona continental en una final contra el todo-poderoso Real Madrid. En los instantes finales de un partido donde apuntó dos goles su única preocupación era de garantizar que se iba a quedar con la camiseta de su ídolo, Alfredo di Stefano.

Con Eusébio – pero ya no con Guttman que se fue con maldición incluida a otras paradas – el Benfica volvió a tres finales más y las perdió todas. En 1963 fue el AC Milan quien salió ganador de la contienda en Wembley y en 1965 fue el otro club de Milan, el Internazionale, quien terminó ganando la final jugando en su propio campo. Ese fue el año en el que Eusébio terminó conquistando su Balón de Oro. Había quedado segundo en el 1962 – solamente detrás de Josef Masopust, la figura europea del Mundial de Chile – y volvería a ser segundo en la temporada 65/66 mucho por culpa de su brillante Mundial. Con la ‘Pantera Negra’, el fútbol portugués logró clasificarse para su primer torneo internacional, pero nadie daba mucho por ellos en un grupo donde estaban los húngaros y los brasileños. Pura equivocación. Eusébio fue la máxima referencia en los triunfos contra búlgaros y magiares y en el decisivo tercer partido trituró al Brasil de un apagado Pelé. Fue no obstante su mítico partido en cuartos, contra Corea del Norte, que consagró de forma definitiva su leyenda. Portugal terminó el Mundial en tercer lugar – su mejor clasificación de siempre – y Eusébio volvió como un héroe a casa.

Ya en el 1963 el gobierno luso le había impedido de firmar por un club extranjero pero en el 66 fue la legislación en España e Italia que terminó por impedir que el delantero gozara de una experiencia lejos de la liga lusa. En su última etapa en el Benfica el equipo continuo a ganar ligas con regularidad – fueron 11 en 14 años con Eusébio en el equipo – y en 1968 disputó su quinta final europea de la década con nueva derrota, ahora contra el Manchester United. Sus maltrechas rodillas y la natural decadencia de la generación de oro del Benfica que había tomado testigo al histórico Real Madrid en Europa marcó sus últimos años como futbolista. Seguía siendo un jugador único pero ya tenía más dificultad en moverse con total libertad. Las lesiones le forzaron a recuperar su astucia por delante de su velocidad como principal arma. Cuando llegaron los años 70 como pasó con tantas otras estrellas, Eusébio probó fortuna en la liga norteamericana antes de volver a Portugal, primero jugando por dos modestos equipos – el Beira-Mar y el União de Tomar – luego terminando por incorporarse al staff técnico del Benfica donde no volvió a salir hasta convertirse en presidente de honor y figura máxima del club que inauguró una estatua en su nombre a las puertas del estadio que tantas veces ayudó a llenar.

Para muchos de los que han vivido los años 60, Eusébio fue el único jugador que recuerdan que estuvo a la altura del mitico Pelé

 

Futbolista único, Eusebio fue el primer jugador moderno. Unía la tremenda capacidad física de los jugadores africanos que le permitía moverse con facilidad y sin cansancio por todo el terreno de juego con una inteligencia de juego asociativo que podía haber aprendido en la propia Masia. Era un falso delantero, especialista en abrir espacios a los compañeros pero también con un apetito de gol tremendo. Disparaba con cualquier pierna pero era su derecha la que habitualmente utilizaba para hacer daño. Al contrario de Pelé, un futbolista más estático, tenía una carrera de velocista que le ha permitido firmar algunos de los tantos más memorables de la historia. Uno de los más recordados lo logró en un partido de calificación para el Mundial del 66, una competición a la que Portugal nunca había acudido, en Checoslovaquia. Como era habitual, cogió el balón por la derecha en su propio campo y corrió por la banda siempre con un central cerrando el espacio interior. Sin tener a nadie a quien pasar el balón, Eusebio tomó la decisión más difícil. Disparó apenas sin ángulo a la portería de Viktor, uno de los mejores porteros del Mundo. Con una violencia impredecible, la pelota casi rompió las redes de la portería y los checos se quedaron mirando uno a los otros. No sabían que algo así era posible.  Y no lo era si Eusébio no estaba sobre el terreno de juego.

Hombre de hazañas hercúleas, Eusébio fue también el último grande caballero del césped. Fue quizás esa alma heroica que le llevó a ese momento icónico en la noche de Londres después de haber desperdiciado el que podía haber sido su gol más importante. Otros futbolistas se hubiesen lamentado pero Eusebio no. Aplaudió al portero a la vez que la Historia le aplaudía a él.  De pie. Hasta la eternidad.

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Autor de los libros Noches Europeas / Toni Kroos / Sonhos Dourados / Noites Europeias / CineGuia: Autor, Periodista e Historiador; Madrid-Porto 1984

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