fifa balon de oro¿Es posible y lógico premiar a una individualidad en una modalidad colectiva? ¿Puede el fútbol, un deporte de veintidós, seguir enfocándose en el individuo más que en el colectivo?

Los premios individuales, que llevan a sus espaldas poco más de medio siglo, no han hecho más que ahondar en ese eterno debate. Un deporte global y que vive del espectáculo necesita forzosamente héroes y mitos a los que alimentar pero, a efectos prácticos, ¿Premiarlos tiene sentido realmente cuando el colectivo lo define todo?

No son pocos los entrenadores de élite que a menudo afirman que gran parte de su labor se concentra en trabajar el equipo en lo táctico, en lo que concierne a los dos primeros tercios del terreno de juego. El tercero y el más cercano a la portería contraria, suelen decir, los dejan al talento e ingenio de sus futbolistas. Esa es la base emocional del fútbol. El talento, la magia y el poder de decisión se encuentra entre los jugadores de ataque. La organización, el trabajo colectivo, la disciplina la encontramos de mitad de terreno de juego hacia atrás.

Los equipos son de los entrenadores en el proceso defensivo y la organización sobre el terreno y de los jugadores en el momento del gol. Esa idea era más visible incluso cuando el juego se podía analizar tácticamente de un modo simplista, cuando muchos de los futbolistas apenas abandonaban su zona y jugaban a un ritmo que hoy es impensable. En esos años, donde el espacio y el tiempo estaban siempre disponibles, era fácil ensalzar al genio individual que podía ejercer de mago sin problemas. Hoy el fútbol es distinto, el primer defensor es el delantero, el primer atacante es el defensa y el colectivo se convierte, cada vez más, en un elemento determinante. Y no obstante seguimos empeñados en reducirlo todo a figuras individuales, a talentos superlativos que tienen el condón de cambiarlo todo.

Seguro que hay mucho talento casi de proporciones sobrehumanas en el césped, en particular cuando juegan los jugadores de élite, pero es cada vez mas complicado incidir en la idea de que ellos son el elemento diferencial como podían serlo, efectivamente, hace décadas. Premios como el Ballon d’Or, instaurado a finales de los años cincuenta en consecuencia del éxito de dos competiciones claves – la primera Copa de Europa y el primer Mundial de Fútbol en suelo europeo de la edad moderna – han alimentado esa carrera por la gloria individual y, de cierto modo, en sus orígenes, tenían algo de sentido. Hoy no lo tienen en absoluto. Ningún futbolista, por más talentoso que sea, subsiste sin un colectivo de gran nivel. No hay más que ver como algunos de esos jugadores sufren cuando cambian su entorno a nivel de club o, en muchos casos, se marchan a jugar con sus combinados nacionales. Su talento es indiscutible pero su influencia en el juego y, por lo tanto, su capacidad de decidir partidos, depende cada vez más de quien les acompaña. No es por casualidad que vivimos en la etapa de las súper-plantillas, en los que casi dos decenas de equipos concentran la inmensa mayoría del talento mundial. Tienen a sus súper estrellas, por supuesto, los que se llevan las portadas y los galardones pero para seguir retroalimentándoles necesitan, cada vez más, de una orquesta igualmente de élite.

Nunca en la historia del fútbol un jugador de élite jugó solo. Sin acompañantes de lujo. Ese mito se ha distendido sin sentido. Ni Di Stéfano, ni Pelé, ni Cruyff, Beckenbauer, Eusébio, Charlton, Maradona, van Basten o Platini ejercían de solistas sin tener a su lado futbolistas de gran nivel. Mucho menos mediáticos si, pero de gran nivel. Di Stefano sin Puskas; Cruyff sin Neskeens; Pelé sin Garrincha o Didi; Beckenbauer sin Muller; Eusebio sin Coluna; Charlton sin Best; van Basten sin Gullit; Platini sin Giresse…ninguno hubiese llegado tan lejos. Incluso Maradona, quizás el de mayor perfil solitario, supo rodearse de jugadores de un talento individual inferior pero con un importante sentido colectivo, tanto en Nápoles como en Argentina. Esa fue la matriz de su éxito. Cuando Sacchi cambió para siempre, con la ayuda de Cruyff, el ritmo del fútbol moderno, ese razonamiento perdió sentido y cada vez más los equipos, los grandes equipos, se hicieron corales.

¿Y cómo premiar al individuo sí el esfuerzo era cada vez más de todos? A lo largo de los noventa y la primera década de siglo, hubo buques insignia del fútbol mundial – de Romario a Ronaldinho, de Zidane a Figo, de Ronaldo a Henry – pero todos eran parte de una gran familia de talentos que se interconectaban perfectamente. Luego llegaron dos jugadores con cifras nunca vistas y volvieron a levantar el debate sobre el diferencial individual en un juego colectivo. Entre los dos, Messi y Cristiano claro, se repartieron los últimos nueve premios individuales que han sido entregados, un récord sin parangón en cualquier deporte. Pero luego en sus combinados nacionales fueron incapaces de repetir sus hazañas justamente porque su talento individual, indiscutible, fue potenciado y alimentado por tres colectivos de súper estrellas como el Manchester United de final de 2000s y los equipos forjados en Barcelona y Madrid de la ultima década.

Cristiano puede batir récords goleadores pero sabe que sin Modric, Marcelo y Benzema su rol pierde relevancia y los números nunca serían los mismos. Messi sabe perfectamente lo mismo, primero asociándose con Xavi e Iniesta y ahora con Neymar y Suárez. El entorno lo es todo. El colectivo sigue siendo el atajo perfecto para el éxito. Que al final los premios individuales se los llevan los goleadores, los extremos, los genios creativos no es más que una necesidad patológica del espectador a crear sus mitos, sus héroes personales. Sobre el césped el balón iguala a todos los que contribuyen para el éxito y no hay ningún sentido lógico en premiar uno de los individuos sobre sus compañeros cuando el triunfo es cada vez más colectivo. Pueden representar emocionalmente un proyecto, un club, un equipo, pero no dejan de ser solamente la punta de un inmenso iceberg.

A cada Balón de Oro que Messi o Ronaldo levantan – como pasó en su día con Zidane, Ronaldinho, Figo, Rivaldo, Ronaldo, Baggio y tantos otros en esta era moderna – lo hacen en su nombre, de sus números y de su simbólico rol. Pero lo hacen también por los Modric e Iniestas. Por los Piqué y Marcelo. Por los Busquets y Benzemas. En el fútbol moderno se pueden alimentar ídolos a base de títulos individuales pero los Balones de Oro son cada vez más un trámite sin sentido e iconoclasta. Es en la foto de grupo que se encuentran los genuinos ganadores.

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Autor de los libros Noches Europeas / Toni Kroos / Sonhos Dourados / Noites Europeias / CineGuia: Autor, Periodista e Historiador; Madrid-Porto 1984

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